Mi esposa estaba en la bañera con nuestro vecino. Cerré la puerta con llave y tracé mi plan…

Ahí ocurrió algo que, con el tiempo, entendí como el verdadero inicio de mi historia. Hubo una voz dentro de mí que me dijo: “No abras”. Porque abrir era aceptar que mi vida podía cambiar en un segundo. Y otra voz, más pequeña pero firme, respondió: “Si no abres, seguirás dormido para siempre”.

Si esta historia te encuentra en un día normal —en el bus, en tu cama, en una pausa de trabajo— te pido una cosa: dime desde dónde la lees. Ciudad, país, lo que sea. A veces la única manera de no sentirnos solos es saber que alguien, en otro lugar, también entiende ese nudo en el pecho.

Empujé la puerta.

El chirrido de la bisagra me sonó como un trueno. El vapor empañaba el espejo donde Laura y yo nos habíamos mirado mil veces. Y allí estaban. En mi bañera. En mi casa. En el lugar más íntimo que yo tenía.

No voy a disfrazar lo que vi. No fue un malentendido. No fue una escena “que parece”. Era la verdad desnuda. Luis y Laura se quedaron congelados cuando me vieron; primero él, luego ella. Sus rostros pasaron del deseo al horror como si alguien hubiera apagado la luz dentro de sus ojos.

Y lo más extraño es que yo no grité.

No sentí el impulso de romper cosas ni de golpear a nadie. Lo que sentí fue una calma helada, como si mi corazón se hubiera convertido en un juez cansado. Me vi a mí mismo desde fuera: un hombre parado en el marco de la puerta, observando cómo moría la versión ingenua de sí mismo. En ese momento entendí que hay dolores que no explotan: se hunden. Y se hunden tan profundo que, al tocar fondo, te cambian.

“Quedaos donde estáis”, dije. Mi voz no parecía mía.

Luis intentó moverse. “Andrés, espera… puedo explicarlo”. Lo corté sin levantar el tono: “Ni un paso”.

Cerré la puerta del baño, y con una precisión que todavía me sorprende, giré la llave por fuera. El clic de la cerradura sonó en la casa como un disparo pequeño, seco, definitivo. Del otro lado, Laura empezó a suplicar mi nombre. Luis golpeó la puerta con una palma desesperada. El agua seguía corriendo, como si el mundo se negara a detenerse para mi tragedia.

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