Bajé a mi habitación, tomé el teléfono y busqué un nombre que jamás pensé marcar en ese contexto: Carolina.
Cuando respondió, su voz era cálida, normal, la voz de alguien que todavía cree que su vida está donde la dejó por la mañana. “Hola, Andrés, ¿todo bien?”.
Tragué saliva. “Carolina… necesito que vengas ahora mismo a mi casa. Hay algo que tienes que ver. Por favor. Entra directo, la puerta estará abierta”.
Hubo un silencio corto. “¿Pasa algo grave?”. Y yo, con una honestidad que dolía: “Sí. Muy grave”.
Mientras esperaba, me senté en el borde de mi cama, esa cama donde Laura y yo habíamos compartido risas, cansancio, reconciliaciones, silencios. Y entonces, como una ola que llega tarde, las señales empezaron a pegarme en la cara: el teléfono que ella escondía cuando yo entraba, el gimnasio que se alargaba, las risas con Luis en las barbacoas, los mensajes “de trabajo” que nunca mostraba. Todo lo que yo había guardado en la cajita mental de “no pasa nada” se abrió de golpe.
Y cometí un acto que nunca había hecho en ocho años: revisé el teléfono de Laura.
No era por controlar. Era por sobrevivir. Porque ya había visto lo peor con mis ojos, y aun así mi mente necesitaba pruebas para creerlo. Y las encontré. Meses de mensajes. Seis, tal vez más. “Buenos días, guapo”. “No puedo dejar de pensar en ti”. Fotos. Bromas privadas. Cuartadas. Planes. Y, como una cuchillada más profunda, frases que me redujeron a una caricatura: “Andrés es tan predecible”. “Ni se daría cuenta”.
Leí también algo que me heló de verdad: no era solo infidelidad. Era un proyecto. Hablaban de abogados, de bienes, de cómo evitar que yo “me quedara con la mitad”. Hablaban de una casa, de custodia, de “nuestra vida sin mentiras”. Sin mentiras. Lo escribían con una ligereza obscena.
Sonó el timbre. Carolina estaba en la puerta con su uniforme de oficina, una carpeta bajo el brazo, la cara marcada por la preocupación. Cuando la vi, entendí que mi dolor no iba a quedarse solo en mí; iba a contagiarse. Y aun así, ella merecía la verdad.
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