Salí con prisa, como casi siempre. En el coche, ya camino a la oficina, me acompañó una sensación rara, una incomodidad sin nombre. No era una sospecha clara; era más bien como cuando sientes que una puerta se quedó mal cerrada y no sabes cuál. Intenté llamarla a media mañana para ver si almorzábamos juntos, cosa poco habitual entre semana. La línea ocupada. Volví a intentar. Ocupada otra vez. Me dije: videollamada. Trabajo. No seas paranoico.
Hasta que, revisando unos expedientes para una reunión, noté el vacío: la carpeta azul con documentos esenciales no estaba. La había dejado en casa, sobre la mesa del comedor. Pedí permiso para salir una hora. “Vuelvo en quince minutos”, pensé. Entrar, coger papeles, quizá darle un beso rápido a Laura, y regresar. La vida, sin embargo, tiene una forma cruel de reírse de nuestros planes más simples.
Al doblar hacia mi calle, vi el coche de Luis Campos en mi entrada.
Luis era nuestro vecino de enfrente. El que venía a ver partidos los domingos, el que hacía chistes malos mientras yo encendía la barbacoa, el que le enseñó a mi hijo mayor a patear un balón sin miedo. Vivía con Carolina, su esposa, y sus dos niños. Nos prestábamos herramientas, recogíamos correo cuando el otro viajaba, nos tratábamos como familia. Luis siempre aparcaba frente a su casa; era casi una regla no escrita entre nosotros. Ver su coche en mi entrada fue como ver un objeto ajeno en una habitación perfectamente ordenada. Un detalle mínimo… pero lo bastante raro como para hacerte fruncir el ceño.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
