—No, cariño. Yo sí.
Linda protestó: "¿Nos estás echando? ¿Por un colchón?"
—¿Un colchón? —repetí—. Le mentiste a una mujer embarazada. Humillaste a mi hija, mi única hija, en casa de su padre. ¿Y crees que esto es por un colchón?
Intentó decir que fue un malentendido. Le dije que había revisado la habitación y que sabía exactamente lo que hacía.
—Bueno, felicidades, Linda. Ese resentimiento te acaba de costar el matrimonio.
Jesse bajó las escaleras y preguntó: "Mamá, ¿qué pasa?"
Le respondí claramente: tenían tres días.
Linda lloró, victimizándose.
"¿Después de todo lo que he hecho por ti?"
Después de todo lo que Emily ha sobrevivido, no te atrevas a hacerte la víctima.
Empezamos a empacar. Emily intentó ayudar; le dije que no tenía por qué hacerlo.
"Quiero", dije.
Al tercer día, se habían ido. Sin disculpas. Solo portazos y silencio.
Esa noche, Emily estaba sentada en la habitación de invitados —la verdadera—, mirando a su alrededor en silencio.
«Gracias, papá».
"Siempre."
Solicité el divorcio la semana siguiente. Fue rápido y sin problemas.
Linda les dijo a otros que yo era despiadada. Pero la verdad se difundió y su versión se derrumbó. Algunos amigos admitieron haber visto las señales. Otros se disculparon por guardar silencio.
Emily se quedó conmigo durante semanas. Preparamos la habitación del bebé, nos reímos de nuevo, discutimos sobre los móviles de cuna. Cuando su esposo Liam vino de visita, la casa por fin se sintió cálida.
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