Hacía 26 años que no pisaba nuestra casa de playa, desde que Julie y yo nos mudamos a la ciudad.
Ella seguía viniendo cuatro veces al año, fielmente, casi como un ritual. Siempre encontraba razones para no ir con ella: trabajo, golf, visitas al médico, simple pereza. En aquel entonces, no tenía ni idea de lo mucho que esa decisión me atormentaría.
Seis meses después del fallecimiento de Julie, mis hijos —Marcus y Diana— empezaron a rondarme como buitres.
"Papá, vende ese lugar inútil", repetía Marcus casi todas las semanas. "Te está vaciando el bolsillo".
Diana añadió: "Ni siquiera vas ahí. ¿Para qué lo tienes?".
Me trataban como una carga que envejece y necesita supervisión constante. Quizás el dolor me había nublado la mente, pero no estaba indefensa. Y algo dentro de mí me susurraba que, antes de dejar atrás el preciado santuario de Julie, necesitaba verlo una última vez.
Así que, una tranquila mañana de sábado, conduje las tres horas hasta Palmetto Cove. La puerta oxidada crujió al tocarla; mi hija me había dicho que la casa parecía abandonada, a punto de derrumbarse. Me preparé para encontrarme con pintura descascarada, maleza descontrolada y paredes mohosas.
Pero en cuanto abrí la puerta, me quedé paralizada.
El jardín delantero estaba impecable: flores frescas, césped cortado, escalones del porche reparados. Todo estaba cuidado con cariño. Alguien vivía allí.
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