Mi esposa y yo tuvimos una casa en la playa, pero nos mudamos a la ciudad. No había vuelto en 26 años; ella iba cuatro veces al año. Después de su fallecimiento, mis hijos me dijeron: "¡Vende esa casa inservible!". Fui una vez antes de venderla, y cuando abrí la puerta oxidada, me quedé paralizado al ver lo que vivía allí.

Confundida e inquieta, me acerqué. Risas infantiles flotaban desde detrás de la casa. La siguió una cálida voz de mujer hablando español. Nada tenía sentido. Julie nunca había mencionado a nadie.

Justo cuando llegué al porche, la puerta amarilla —el color favorito de Julie— se abrió de par en par. Una pequeña mujer hispana, de unos cincuenta y tantos años, estaba allí con un paño de cocina. En cuanto me vio, palideció.
"Señor Howard", susurró, como si viera un fantasma.

Sabía mi nombre.

Antes de que pudiera hablar, se le llenaron los ojos de lágrimas. “Señora Julie… ¿se ha ido?”
“Sí”, respondí, atónito. “Falleció hace seis meses”.

La mujer se llevó la toalla a los labios temblorosos. “Por favor… pase. Le explico todo”.

Dentro, la casa no estaba abandonada; estaba llena de vida. Fotos familiares, dibujos infantiles, el reconfortante olor a comida. Un hogar. No el mío.

“¿Ha vivido aquí?”, pregunté.
Asintió. “Durante quince años. Señora Julie… nos salvó”.

Mi corazón latía con fuerza. “¿Salvándola? ¿De qué?”

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