Mi esposo, después de siete años de matrimonio, me exigió que dividiéramos todas las cuentas…

Mi marido, tras 7 años casados, me pidió que repartiéramos todos los gastos del hogar, alegando que no mantendría a una mujer interesada solo en el dinero. El tenedor se paró a mitad de camino hacia mi boca, cuando carraspeo de esa forma especial, esa que indica que alguien va a lanzar una noticia impactante en la cena disfrazándola de conversación normal. “Llevo tiempo reflexionando”, comentó sin apartar la vista de su pollo bien condimentado, “El que yo había dedicado una hora a cocinar.

Hay que hacer ajustes por aquí.” Deposité el tenedor con delicadeza. 7 años de unión me habían entrenado para detectar las alertas como el modo en que acomodaba su cuello. La breve excitación antes de hablar. El ordenador posicionado astutamente en la encimera. Qué ajustes. Inquirí con voz más estable de lo que sentía. Al fin me miró y noté algo inédito. Frialdad calculadora. Bueno, he revisado números y este esquema ya no me cuadra como justo. ¿Qué esquema? en el que yo me parto la espalda a diario mientras tú hizo un gesto vago hacia nuestra cocina reluciente.

“¿Haces lo que sea esto?” Sus palabras me golpearon como agua fría. Había abandonado mi empleo en marketing 7 años atrás al casarnos. Fue sugerencia. Un hombre debe sostener a su esposa. Había afirmado. “Quiero cuidarte. Yo titubé. Adoraba mi profesión.” Pero él insistió tanto, tan romántico, tan convencido. Y ahora me observaba como a una parásita. He elaborado una hoja de cálculo”, prosiguió abriendo el portátil con el ímpetu de quien expone una idea genial en una junta. He sumado todos los costos mensuales, hipoteca, facturas, alimentos, todo.

De ahora en más lo partimos a medias. La pantalla exhibía un análisis minucioso de nuestra existencia en cifras. Hipoteca 2947, servicios 1340, alimentos 580, seguro 420. Y continuaba la enumeración. Cada rubro detallado con exactitud. Pero yo no tengo empleo, susurré. Tú me instaste a renunciar, ¿lo olvidas?”, desechó el comentario con un gesto. Eso fue en otro tiempo. Ahora es distinto. Eres lista, lo resolverás. No administro una obra benéfica. Lo contemplé a ese hombre que amé, cuya ropa lavaba, cuyas comidas preparaba, cuya suegra aguantaba desde hace 7 años y sentí un giro interno, algo gélido, algo punzante, algo estratégico.

“Aclárame bien, dije con un tono que apenas identificaba. ¿Pretendes que cubra la mitad de todo? ¿Desde cuándo?” desde el mes entrante”, replicó sonriente, complacido consigo. “Sabía que lo captarías, siempre tan sensata.” Volví a examinar la hoja grabando cada dato. La hipoteca de la casa que convertí en hogar, las facturas de luz para planchar sus camisas, el presupuesto de supermercado para las comidas que organizaba, compraba y cocinaba. “De acuerdo,”, concluí. Parpadeó atónito por mi rápida conformidad. “De acuerdo.

Sí, tienes razón. Si seremos compañeros de piso en vez de cónyuges, dividamos equitativamente.” Sonreí. Algo en mi gesto lo inquietó porque se agitó nervioso. Eso. Eso suena bien, amor. Me alegra que lo comprendas. Pero en sus ojos vi que esperaba resistencia, quizás llanto, ruegos. En su lugar obtuvo aquiescencia y eso lo desestabilizó. Tomé el tenedor y probé otro mordisco de la cena que yo misma hice. Está exquisita, ¿no? Me esmeré hoy. Sí, está rica, murmuró centrado de pronto en su plato.

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