Tras perder a mi bebé a las 19 semanas, creía que lo peor que me esperaba era el duelo. No sabía que mi marido y mi mejor amiga ya compartían un secreto que lo destrozaría todo. Sin embargo, un año después, el karma les regaló un "regalo" que jamás imaginé.
Mi marido, Camden, siempre había sido confiable: firme, tranquilo y predecible. Era el tipo de hombre con el que planeabas un futuro, y tras años de decepciones, esa sensación de seguridad era justo lo que buscaba.
Cuando supe que estaba embarazada, la primera persona a la que llamé fue a Elise, mi mejor amiga desde la universidad. Elise era pura agudeza y un encanto natural, el tipo de mujer cuya presencia atraía a la gente sin esfuerzo. No era solo mi amiga, era la hermana que elegí, mi familia por elección.
Su emoción eclipsó incluso la mía. Compró unos calcetines diminutos con estampados de ballenas antes de que cumpliera doce semanas. Lloró cuando le enseñé la ecografía borrosa, considerándola algo sagrado.
Entonces, a las diecinueve semanas, el suave aleteo interior simplemente se desvaneció.
Camden, mi ancla, mi "tierra firme", lloró conmigo durante veinte minutos. Me abrazó durante una larga noche... y después de eso, nunca más volvió a hablar del bebé.
Empezó a desaparecer en largos paseos nocturnos, durmiendo de espaldas a mí, con la espalda rígida como una pared. Me hundía en el dolor mientras él parecía alejarse cada vez más.
Elise también se apartó, y eso dolió casi igual. Cuando le pregunté por qué, me envió un mensaje: "Es demasiado doloroso verte así. Iré cuando pueda".
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