Su figura maciza, con un jersey gastado y unos vaqueros viejos, parecía ajena e inexpugnable. Elena se dio cuenta de que no conocía en absoluto a ese hombre con el que había vivido 8 años. En el fondo de su corazón albergaba una pequeña esperanza de que recapacitara, que las detuviera, que dijera que todo era una tontería, un malentendido. Pero Carlos permanecía en silencio. La señora Pilar abrió la puerta de la calle, dando a entender de forma inequívoca que la conversación había terminado.
Del rellano llegaba una corriente de aire frío y olor a humedad. Papá, ¿vrás a vernos? Lucía se acercó a su padre, pero él retrocedió un paso como si temiera contagiarse de algo peligroso. “Vete con tu madre, Lucía. Ya veremos,” soltó él dándose la vuelta. En su voz, Elena creyó percibir algo parecido al arrepentimiento, pero quizás solo era que quería creerlo. La señora Pilar empujó a su nieta hacia la puerta. “Venga, venga, no entretengas a los mayores. Tu madre ya ha dicho que vais a casa de la tía Isabel.” El rellano las recibió con olor a col co cos cocida y la luz tenue de una bombilla mortesina.
La puerta se cerró a sus espaldas con un portazo ensordecedor, como poniendo el punto final a su vida anterior. Elena se quedó en el descansillo con la caja en las manos, su hija pegada a ella y la sensación de que el suelo se abría bajo sus pies. En el bolsillo tenía 200 € todos sus ahorros los guardaba para unas botas de invierno para Lucía, pero ahora era todo el dinero que tenían para vivir. En la calle llovía una lluvia que se estaba convirtiendo en aguananieve.
La parada del autobús estaba a 20 minutos andando. Las paredes del portal, llenas de grafitis y símbolos extraños, la oprimían. El olor a gatos y a humedad le provocaba náuseas. Debajo de la escalera había botellas de cerveza vacías y colillas. Elena pensó que hasta hacía poco se quejaba de los adolescentes que se reunían allí, pero ahora le daba igual. Lo importante era, ¿qué hacer ahora? ¿A dónde ir? Lucía solosaba en silencio, estrujando a su conejo de peluche.
Mamá, ¿y si papá cambia de idea? ¿Y si la abuela nos deja quedarnos? Elena respiró hondo, intentando tragar el nudo que tenía en la garganta. No podía derrumbarse. Tenía que ser fuerte por su hija. Vámonos, pequeña. Elena cogió a su hija de la mano. Nos espera un gran viaje. Y sabes una cosa, todo va a salir bien, te lo prometo. No se creía sus propias palabras, pero tenía que decirlas. por Lucía, por ella misma, por la vida que tendrían que construir de nuevo.
Lentamente, abrazando la caja con sus cosas y sujetando con fuerza la mano de su hija, Elena empezó a bajar por la destartalada escalera hacia lo desconocido. Al salir del portal, Elena se detuvo un instante, sin saber qué dirección tomar. La lluvia arreciaba, convirtiéndose en un aguananieve punzante. El viento de noviembre le alborotaba el pelo sin piedad y se colaba bajo su chaqueta fina. Había olvidado el gorro, pero volver era imposible. Sería como admitir la derrota. La pesada caja le cansaba los brazos y Lucía, con la mano libre metida en el bolsillo de su abrigo, intentaba no llorar.
Mamá, ¿y si volvemos a casa? Le diré a papá que me portaré muy bien y que ayudaré a la abuela. Hasta me comeré la sopa. De verdad. La voz de la niña temblaba de frío y de pena. Elena dejó la caja en un banco junto al portal y se agachó frente a su hija, mirándola a los ojos. La cara de Lucía estaba mojada por la lluvia y las lágrimas. Su naricilla respingona estaba roja y de debajo del gorro de lana asomaban mechones rebeldes de pelo castaño.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
