Mi Esposo Gritó: “¡Lárgate!”. Su Madre Se Rio. A La Mañana Siguiente, No Daban Crédito A Sus Ojos…

Sentaos, guapas. Con una cría no se puede estar pasando frío. La anciana hablaba con un marcado acento del sur. Elena asintió agradecida y se sentó dejando la caja a sus pies. Lucía se acurrucó enseguida contra su madre para calentarse. La anciana las observaba con interés, pero no hizo preguntas, cosa que Elena agradeció enormemente. ¿Esperáis el último autobús? El que va al centro ya no pasa estas horas, solo queda el circular. dijo finalmente la anciana sacando un bocadillo envuelto en papel de periódico.

Elena se quedó helada. No había pensado en los horarios. Claro, a esas horas ya no había líneas directas al barrio donde vivía Isabel y con el circular no llegaría. Y para llegar al barrio de la Alameda, preguntó Elena con un hilo de esperanza. La anciana negó con la cabeza. A la Alameda solo con transbordo en el centro y la estación central ya ha cerrado. ¿No lo sabíais? Es que ha surgido un imprevisto. Elena no supo qué responder.

La situación se volvía desesperada. Hacía frío. El dinero no le llegaba para un taxi. Desde su barrio hasta la Alameda había al menos 30 km. No tenían donde pasar la noche. No conocía a nadie por la zona. ¿Y usted a dónde va? Se interesó Elena. Yo, al turno de noche en la panificadora industrial. Hago unas horas de limpiadora, con la pensión no llega y así saco un dinerillo extra. Además, nos dan pan del día bien rico. De repente a Elena se le ocurrió una idea descabellada.

¿Y no necesitan gente en la fábrica? La anciana la miró con interés, como evaluándola. Gente siempre hace falta, pero pagan poco y el trabajo es duro. ¿Estás buscando algo? Sí. Mi hija y yo necesitamos un sitio donde quedarnos mientras pasan estos malos tiempos. La anciana asintió comprensiva sin hacer más preguntas. En sus ojos azules y desbaídos se leía la compasión. Me llamo Clara Robles, se presentó tendiéndole la mano. Elena, ¿y esta es mi hija? Lucía respondió Elena, estrechando aquella mano seca y trabajadora.

Pues mira, Elena, te puedo recomendar a nuestro encargado. Tenemos una residencia para trabajadores al lado de la fábrica con habitaciones pequeñas. Los baños son compartidos, eso sí, pero es un techo. Y para el trabajo seguro que don Manuel algo se inventa. Es un buen hombre. Quizás te pueda colocar en el comedor o en la sección de envasado. Elena no podía creer su suerte. Hacía un momento se estaba preparando mentalmente para pasar la noche en una estación y de repente aparecía este regalo del cielo.

Lucía ya empezaba a cabecear apoyada en el hombro de su madre. Clara, no sea como agradecérselo. Anda ya, mujer. Yo también las pasé canutas de joven. Sé lo que es esto. Yo también me separé de mi marido cuando mi hija tenía 5 años. Bebía mucho, levantaba la mano. Pensé que era el fin del mundo, pero mira, salí adelante. Ahora mi hija vive en Barcelona. Mis nietos ya son mayores. La vida es como una cebra, ya sabes. Una raya negra, una raya blanca.

Ahora te toca la negra, pero ya vendrá la blanca. En ese momento llegó el último autobús, un cacharro viejo con los asientos rotos y las ventanillas empañadas. Clara ayudó a Elena con la caja y Lucía, ya despierta del todo, miraba con curiosidad a su nueva conocida. “Abuela, ¿en la panificadora hacen bollos?”, preguntó subiendo al autobús. “Claro que sí, mi niña. Los mejores cruazanes y napolitanas de chocolate. ¿Y podré probarlos?” “Bueno, si tu madre consigue trabajo con nosotros, seguro que sí.” Elena miraba a Clara con gratitud.

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