Mi esposo, Javier Morales, me besó en la frente afuera de casa y me ofreció esa sonrisa familiar y firme, una que hacía tiempo que había dejado de cuestionar.
"Francia. Solo un breve viaje de trabajo", dijo, alisándose el abrigo.
Tenía ocho meses de embarazo, estaba agotada y no estaba en condiciones de discutir. Le deseé un buen viaje, cerré la puerta tras él y no tenía ni idea de que ese momento de tranquilidad se convertiría en la línea que dividiría mi vida en dos.
Unas horas después, el aire del hospital olía a antiséptico y miedo. El parto había comenzado demasiado pronto, todo avanzaba a una velocidad aterradora. Cuando finalmente salí de cirugía, todavía aturdida por la anestesia, pregunté por Javier. La enfermera hizo una pausa, miró su tableta y luego señaló vagamente hacia el pasillo.
"Está... con su familia", dijo en voz baja.
Fue entonces cuando lo vi.
Javier estaba de pie contra la pared, acunando a un recién nacido. No era mi hijo. Lo supe al instante. Le temblaban las manos mientras murmuraba palabras amables con una voz que apenas reconocí. Frente a él estaba una joven de cabello oscuro, cansada, pálida, pero sonriente. Lucía Fernández. No la conocía, pero la verdad me golpeó con brutal claridad.
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