No grité. No lloré. Algo dentro de mí se selló, frío e irrevocable. Javier levantó la vista, nuestras miradas se encontraron, y palideció. Movió los labios, pero no pronunció palabra.
Me di la vuelta sin decir palabra, me senté en una silla, saqué el teléfono e inhalé lentamente. Durante años, lo había gestionado todo en lo financiero: cuentas, inversiones, propiedades. Javier confiaba plenamente en mí. Siempre decía que yo era "la persona de los números". Y tenía razón.
No me temblaban las manos al abrir la aplicación del banco.
Lo trasladé todo: ahorros, inversiones, incluso el dinero reservado para su "viaje a Francia". Cada céntimo fue a una cuenta a mi nombre, una que él nunca se molestó en revisar. Luego la cerré: cambié las contraseñas, cancelé las tarjetas, le cerré el acceso. Solo después de terminar, llegó el dolor; no físico, sino intenso por la traición y la repentina comprensión. Javier pensó que podría mantener dos vidas separadas sin consecuencias. Esa noche, decidí que una de ellas terminaría.
Mientras un bebé lloraba al final del pasillo —un niño que no era mío—, supe que esto era solo el principio.
Dos horas después, mi teléfono no dejaba de vibrar. Javier llamaba una y otra vez. Ignoré cada intento. Sabía que en cuanto intentara pagar algo, la verdad lo alcanzaría. Mi atención estaba en mi hijo, Mateo, que dormía plácidamente a mi lado, ajeno al colapso de su padre.
A la mañana siguiente, apareció Javier. Tenía los ojos inyectados en sangre, la confianza perdida.
"María, por favor... déjame explicarte", susurró.
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