Mi esposo me dio un suave beso en la frente y dijo: «Francia. Solo un viaje de negocios». Horas después, al salir del quirófano, mi mundo se paralizó. Allí estaba, acunando a un recién nacido, con voz suave y tierna, mientras le susurraba a una mujer a su lado.

SOLO PARA FINES ILUSTRATIVOS
"No", dije con calma. "Ya he visto suficiente". Me dio una explicación torpe: Lucía fue "un accidente", el bebé "no planeado" y Francia era real... solo que no para los negocios. Mientras hablaba, lo observé como a un extraño. Porque en eso se había convertido.

"¿Dónde está el dinero?", preguntó finalmente, presa del pánico.

"Donde debe estar", respondí. "Protegido".

Ese mismo día, contacté con una abogada de divorcios, Carmen Ruiz, y le conté todo sin ocultarle nada. No pareció sorprendida.
"Actuaste con rapidez y prudencia", dijo. "Eso marca una gran diferencia".

Con el paso de los días, Javier empezó a comprender lo mal que había calculado. No podía pagar el alquiler del apartamento que pensaba compartir con Lucía. Sus tarjetas fueron rechazadas en todas partes. Su socio llamó furioso: las cuentas de la empresa fueron congeladas después de que las garantías personales que Javier había firmado fueran retiradas legalmente.

Lucía me envió un largo mensaje, casi suplicando. Ella afirmó que no sabía que él estaba casado, dijo que acababa de dar a luz, que necesitaba seguridad. No respondí. Reparar el daño que causaron no era mi responsabilidad.

El divorcio se desarrolló rápidamente.
Javier apareció sin su propio abogado. La sonrisa de Carmen fue fugaz al verlo. El juez revisó la documentación: fechas, transferencias, firmas. Todo estaba en orden.

"La custodia pasa a la madre", dictaminó el juez. "Los bienes quedan bajo su control".

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