Mi esposo no sabía que acababan de poner diez millones de dólares a mi nombre. Y antes de que pudiera decírselo, me espetó, frustrado: «No puedo seguir cargando con un desempleado. ¡Fuera!». Segundos después, la puerta se cerró de golpe tras él.

Nunca creí que un solo fin de semana pudiera reescribir por completo el curso de mi vida.
Apenas tres días antes de mi fecha de parto, sonó mi teléfono. La llamada terminó conmigo sentada en el suelo de la cocina, inmóvil. Mi abuelo —alguien a quien apenas conocía, alguien de quien había estado distante durante años— había fallecido. Lo que me impactó no fue solo su fallecimiento, sino lo que su abogado me dijo a continuación: mi abuelo me había dejado diez millones de dólares. Había seguido mi vida en silencio desde la distancia, sin interferir jamás, sin acercarse. El papeleo, explicó el abogado, se finalizaría en unos días. Hasta entonces, me aconsejaron no contárselo a nadie.

Decidí que se lo contaría a mi esposo, Derek, después de que naciera el bebé.

Durante meses, Derek había estado sumido en la presión financiera. Cada factura lo irritaba. Cada pequeño inconveniente se convertía en una discusión. Lo achacaba a la ansiedad, al miedo a ser padre, al peso de la responsabilidad. Quería creerle.

Esa noche, mientras doblaba cuidadosamente la ropita de bebé, Derek me miró con una mirada que nunca antes le había visto, como si fuera una obligación que le molestaba.

"Ya no quiero mantener a alguien que no trabaja", dijo secamente. "Tienes que irte".

Al principio me reí, convencida de que debía ser un cruel intento de humor. Estaba embarazada de ocho meses. Mi médico me había ordenado reposo en cama por complicaciones. Derek lo sabía. Simplemente no le importaba.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.