Seis años después, volví a Sevilla solo por una razón: el funeral de mi madre.
El aire en la iglesia estaba cargado de recuerdos y silencios no resueltos. Yo estaba de negro, serena, preparada para despedirme sin reproches. Hasta que la puerta se abrió.
Entraron Estefanía y Nicolás.
Ella llevaba un vestido caro, una sonrisa cruel… y un anillo de diamantes que brillaba más que el altar. Se acercó a mí, ignorando el dolor del momento, y susurró lo suficiente para que otros oyeran:
—Pobrecita… 38 años y todavía sola. Yo me quedé con el hombre, el dinero y la mansión.
La vieja Rebeca habría llorado.
Pero yo sonreí.
La miré a los ojos y le dije con calma:
—¿Ya conoces a mi esposo?
Su sonrisa se congeló.
Giré la cabeza y levanté la mano.
—Cariño… ¿puedes venir un momento?
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