“Mi hermana me robó al millonario con el que iba a casarme, pero seis años después, en el funeral de nuestra madre, descubrió que yo había ganado la verdadera vida”

Se fue llorando.

Pero aún faltaba el último acto.

El escándalo no tardó en explotar.

Durante semanas, los periódicos económicos de España repitieron el mismo titular con distintas palabras: “Empresario sevillano bajo investigación por fraude fiscal y lavado de dinero”. El nombre de Nicolás Álvarez aparecía una y otra vez, acompañado de cifras, sociedades fantasma y fotografías de registros judiciales. La vida de lujo que había exhibido durante años comenzó a derrumbarse como un castillo de arena.

Yo observaba todo desde la distancia, sin alegría ni rencor. Solo con una calma extraña, casi nueva.

Una tarde, mientras trabajaba en el estudio de arquitectura en Barcelona, recibí una llamada inesperada. Era Estefanía.

—Rebeca… —su voz era irreconocible—. ¿Podemos vernos?

Acepté. No por obligación, sino porque sabía que ese encuentro era necesario para cerrar un ciclo.

Nos encontramos en una cafetería discreta, lejos de los lugares que ella solía frecuentar. Llegó sin maquillaje, sin joyas, con la espalda encorvada como si el peso de sus decisiones finalmente la hubiera alcanzado.

—Nicolás va a ir a juicio —dijo sin rodeos—. Las cuentas están bloqueadas. La casa… ya no es nuestra.

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