Abuelo, mamá dice que vos eras millonario y que por culpa de ella perdimos todo el dinero. ¿Y qué pensás vos de eso, Matías? Pienso que no me importa si eras millonario o pobre abuelo. Yo te extrañaba a vos, no a tu dinero. ¿Y mamá? Mamá, creo que sí extrañaba el dinero, abuelo. Siempre hablaba de la plata que habíamos perdido. Los niños ven todo, entienden todo, aunque no sepan expresarlo. A las 6 de la tarde llegó Esperanza al hospital.
Cuando me vio, se quedó parada en el marco de la puerta, sin animarse a entrar. Había cambiado completamente. Estaba flaca, pálida, con ojeras profundas, el pelo descuidado, la ropa vieja. Era el fantasma de mi hija. “Papá”, me dijo con una voz quebrada, “go gracias por volver. Vine por Matías Esperanza. Vine porque mi nieto intentó matarse pensando que lo había abandonado. Papá, yo sé que no tengo derecho a pedirte nada, pero necesito hablar con vos. Habla, no acá, papá.
Podemos ir a algún lugar privado. Dejamos a Matías con Elena y fuimos a la cafetería del hospital. Esperanza se sentó frente a mí y empezó a llorar sin control. Papá, soy la peor hija del mundo. No tengo perdón por lo que te hice. Esperanza, ¿sabes exactamente lo que me hiciste? Te dije que me dabas asco, papá. Te dije que eras asqueroso, que tu presencia me repugnaba. Fueron las palabras más crueles que se pueden decir a un padre.
¿Y por qué me dijiste esas cosas? Porque estaba enojada, frustrada, amargada por mi separación. Descargué toda mi bronca con vos, que eras lo más fácil, porque sabía que me ibas a perdonar siempre. ¿Te das cuenta de lo que acabas de decir, Esperanza? ¿Qué, papá? Que me maltrataste porque sabías que yo te iba a perdonar siempre, que abusaste de mi amor. Se quedó callada durante un rato largo. Tenés razón, papá. Abusé de tu amor. Abusé de tu paciencia.
Abusé de tu bondad. Y cuando te fuiste, me di cuenta de lo que había perdido. ¿Te diste cuenta de que habías perdido a tu padre o te diste cuenta de que habías perdido una fortuna? Al principio, papá, voy a ser honesta, me desesperé más por la plata que por vos. Pensé, perdí un millón de dólares por mi bocaza. Pero después, cuando pasaron los meses, cuando vi a mis hijos preguntando por vos todos los días, me di cuenta de que había perdido algo mucho más valioso.
¿Qué cosa? Había perdido al mejor padre del mundo, papá. Había perdido al hombre que me crió, que me protegió, que me ayudó siempre. Había perdido a mi héroe. Esperanza. Si yo realmente era tu héroe, ¿cómo pudiste decirme que te daba asco? Porque soy una idiota, papá. Porque soy una malagradecida. Porque no supe valorar lo que tenía hasta que lo perdí. ¿Y ahora qué queres? Quiero que me perdones, papá. Quiero que vuelvas a casa. Quiero que seamos una familia otra vez.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
