Sonrió. Una sonrisa afilada.
—Yo controlo cada dólar que ella recibe —dijo, como si fuera un trofeo—. Y créeme, Clara, tu madre no sabe administrarse. Yo solo evito que malgaste el dinero.
Clara se quedó inmóvil unos segundos. Yo pude ver cómo procesaba cada palabra, cómo su respiración cambiaba, cómo su postura pasaba de la sorpresa al hielo absoluto.
Lentamente, sin decir nada, se quitó los pendientes de oro que llevaba —regalo de su difunto padre—, los guardó en el bolsillo de su chaqueta y avanzó hacia Emily con una calma tan medida que me hizo temblar.
—Perfecto —dijo Clara con una voz que nunca le había escuchado—. Ahora vamos a hablar tú y yo.
Emily retrocedió apenas un paso, sorprendida por el tono. Clara levantó la barbilla, y su rostro cambió por completo. La dulzura desapareció. La joven arquitecta, tan metódica y tranquila, ahora tenía la mirada de alguien que había encontrado un límite innegociable.
—¿Quieres controlar el dinero? —continuó Clara—. Bien. Pero controlarás también las consecuencias.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
