Mi hija llegó y me encontró sentada en la oscuridad. “Mamá… ¿por qué no hay comida? ¡Recibes ocho mil dólares de pensión cada mes!” Antes de que pudiera responder, mi nuera apareció con una sonrisa arrogante

Emily se enderezó, incómoda.

—Clara, estás haciendo un drama por nada. Tu madre exagera, siempre lo ha hecho…

Clara se acercó aún más, dejando solo un palmo entre ambas.

—Te lo preguntaré una sola vez —dijo, bajando la voz hasta un susurro firme—: ¿Has usado el dinero de mi madre para tus gastos personales? Tarjetas, viajes, compras, arreglos en tu piso… ¿sí o no?

Emily titubeó. Y eso fue suficiente.

Clara sacó su móvil.

—Muy bien. Voy a llamar a mi hermano, a un abogado y a la policía si hace falta. Y te juro, por la memoria de mi padre, que si has tocado un euro que no te pertenece, vas a devolverlo hasta el último céntimo.

Emily palideció.

—Clara, espera… podemos hablar…

Pero Clara ya no la escuchaba. Caminó hacia la mesa, sacó una carpeta de mi estante y la colocó frente a ella.

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