—He dicho. Que. Te. Vayas.
La autoridad de su tono hizo eco en toda la vivienda.
Y Emily, por primera vez desde que la conocíamos, obedeció.
Cuando la puerta se cerró detrás de Emily, el silencio que quedó fue casi insoportable. Clara se volvió hacia mí y se arrodilló frente a la silla donde yo seguía sentada.
—Mamá… ¿por qué no me lo dijiste antes? —preguntó con la voz rota.
Yo acaricié su mejilla.
—No quería causar problemas entre vosotros —respondí—. Pensé que si aguantaba un poco más…
Clara negó con la cabeza, furiosa consigo misma.
—No tienes que aguantar nada. Ese dinero es tuyo. Y ella no tenía derecho.
Se levantó, tomó aire y comenzó a caminar por la cocina como si organizara mentalmente una lista. La conocía bien: cuando Clara pensaba, todo a su alrededor tomaba forma.
—Mamá —dijo finalmente—, vamos a hacer tres cosas.
—¿Tres? —pregunté.
—Sí. Primera: mañana vamos al banco. Cambiamos claves, acceso y tarjetas. Todo a tu nombre, solo tuyo.
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