Mi hija llegó y me encontró sentada en la oscuridad. “Mamá… ¿por qué no hay comida? ¡Recibes ocho mil dólares de pensión cada mes!” Antes de que pudiera responder, mi nuera apareció con una sonrisa arrogante

—Lo descubrirás —respondió ella—. Pero te adelanto algo: tu cuñada ha estado robando.

Lucas abrió los ojos, aturdido.

—¿Robando? ¿A quién?

—A mi madre —respondió Clara sin titubeos—. Y tú deberías haberlo notado antes.

Lucas bajó la mirada, y su silencio lo delató. Él sabía. No todo, quizá, pero sí lo suficiente como para sospechar.

—Clara, yo… —intentó justificar.

—No. No me digas nada —lo cortó ella—. Mañana, tú también vienes al banco. Esto no vuelve a repetirse.

Lucas asintió sin protestar. Era la primera vez que lo veía así: sometido, sin excusas.

Clara me tomó de la mano.

—Mamá, la época de aguantar abusos terminó. Te lo prometo.

Y por primera vez en mucho tiempo, sentí algo parecido a esperanza.

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