Mi hijo dijo que usaría mi jubilación para él; esa noche, al abrir la nevera, empezó a gritar…

Ella sonrió creyendo que me había domado. No sabía que detrás de esa calma había algo nuevo, una determinación que ni ella ni mi hijo conocían. Durante el día fingí normalidad. Hice mi cama, barrí, cociné. Pero mientras lavaba los platos, una idea empezó a tomar forma en mi mente, pequeña, sutil, peligrosa. No iba a gritar ni a llorar, no iba a pedir nada, simplemente iba a hacer algo que ellos nunca esperarían de mí. Fui hasta mi cuarto y abrí el viejo armario.

En el fondo, entre sábanas dobladas y un mantel de encaje, había una caja de lata. Dentro guardaba cosas que nadie recordaba. cartas, fotos, monedas antiguas y un frasco pequeño de vidrio con un líquido transparente. Lo había conservado por costumbre sin motivo. Era un frasco de cloro concentrado de los tiempos en que limpiaba la escuela donde trabajaba. Lo saqué, lo observé contra la luz. No tenía un propósito aún, pero sabía que esa noche lo tendría. Cuando cayó la tarde, preparé la cena como siempre.

arroz, carne estofada y pan recién hecho. Héctor llegó del trabajo con el mismo gesto distante de los últimos meses. ¿Ya hiciste los trámites del banco?, preguntó sin siquiera saludar. Sí, mentí. Ya lo hice. Perfecto. Dijo sirviéndose una copa de vino. Verónica y yo hablaremos con el gerente mañana. Yo asentí sin decir nada. Durante la cena no hubo conversación, solo el sonido de los cubiertos y la televisión al fondo. Cuando terminaron, se fueron a dormir. Yo me quedé recogiendo los platos y limpiando la mesa.

A medianoche me levanté. El reloj marcaba las 12. El silencio era tan profundo que podía oír mi respiración. Fui a la cocina, abrí el refrigerador y me quedé mirando su interior iluminado. Dentro, sobre la bandeja del medio, puse un plato cubierto con papel aluminio. Encima el postre favorito de Héctor, flan casero, y junto a él una jarra con agua. Todo parecía normal, pero en el fondo, bajo una envoltura de plástico, escondí los documentos del banco, las copias de los formularios que él había falsificado para transferir mi pensión.

Los había recuperado esa tarde cuando Verónica los dejó sobre la mesa sin sospechar que yo los reconocería. Ahora descansaban congelados dentro del refrigerador, encerrados en una bolsa con agua sólida. Sabía que él los buscaría al día siguiente, creyendo que todo estaba bajo control. Esa noche dormí poco, pero tranquila. Por primera vez en mucho tiempo sentí que el miedo se había transformado en algo distinto. Poder. El amanecer llegó con su rutina. Pasos, puertas, olor a café. Yo estaba sentada en la cocina cuando Héctor abrió el refrigerador.

Todo fue cuestión de segundos. Primero el silencio, después un golpe seco, el sonido de vidrio chocando contra el piso y finalmente su grito. Un grito tan fuerte que hizo vibrar las paredes. Un grito de miedo, no de dolor. Verónica corrió desde la habitación. ¿Qué pasa? Gritó. Héctor solo señalaba el refrigerador temblando. Dentro, sobre la bandeja, los documentos flotaban en el bloque de hielo, perfectamente visibles, con mi firma al lado de la suya falsificada. Encima una nota mía, nunca subestimes a una madre, ni siquiera a una vieja.

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