Me levanté despacio, lo miré a los ojos y dije, “Buenos días, hijo. ¿Te sirvo café?” Él no respondió, solo se alejó pálido, con las manos temblando. Y yo, por primera vez en años volví a sonreír. El ruido del refrigerador aún resonaba en mi cabeza cuando me senté junto a la ventana. La mañana estaba fría, con un sol débil que apenas alcanzaba a iluminar el jardín. Las manos me temblaban, no de miedo, sino de cansancio. Era el cansancio de toda una vida, de haberlo dado todo y haberme quedado sin nada.
El reflejo en el vidrio me devolvió la imagen de una mujer que ya no reconocía, el cabello blanco, la piel marcada, los ojos opacos y, sin embargo, detrás de ese rostro gastado todavía vivía la muchacha que fui alguna vez, la que soñaba con una familia, con un amor sincero, con un hijo que la abrazara sinvergüenza, la misma que creyó que la bondad siempre era recompensada. Qué ingenua fui! Me casé a los 22 años con Samuel, un hombre de manos firmes y sonrisa fácil.
No teníamos nada, solo una habitación alquilada y una radio vieja que siempre sonaba con interferencias. Pero éramos felices. Cuando Héctor nació, Samuel lloró. Nunca lo olvidaré. Sus lágrimas caían sobre el cuerpo del bebé como una promesa. Prometió protegernos, cuidarnos, amarnos y cumplió hasta el último día de su vida. murió joven, demasiado joven, un accidente en la construcción donde trabajaba. Yo tenía 36 años y Héctor apenas 10. Ese día el mundo se partió en dos, el antes y el después.
El antes solía a pan recién hecho, a domingos en el parque, a risas compartidas. El después olía a tristeza, a factura vencida, a sudor y a lágrimas escondidas en la almohada. Trabajé sin descanso, mañanas en la escuela. Tardes cosiendo ropa ajena, noches dando clases particulares. Héctor era mi motivo. Cada vez que lo veía dormir sentía que valía la pena. Decía que algún día me compraría una casa con jardín para que no vivas en el ruido del mundo, mamá.
Y yo le creí. Fui madre y padre, maestra y enfermera, guía y sombra. No hubo cumpleaños sin torta, ni invierno sin abrigo. A veces me privaba de comer para que él tuviera leche y pan. Recuerdo una noche en que se me rompieron los zapatos y fui al trabajo descalza hasta la puerta de la escuela para no ensuciar los pisos de la directora. Ella nunca lo supo, nadie lo supo. Pero mi hijo, mi pequeño Héctor, sí lo vio y me abrazó con tanta fuerza que pensé que nunca se separaría de mí.
No sé cuándo empezó a cambiar. Quizás fue cuando consiguió su primer trabajo. Ya no me miraba igual, ya no me pedía consejo. Y yo, tonta, pensaba que era parte de crecer, pero había algo más. Un orgullo que se le instaló en los ojos, un desprecio que no entendía. Dejó de besarme la frente, dejó de contarme sus cosas, comenzó a avergonzarse de mí. La primera vez que me dolió de verdad fue en su boda. Verónica se veía espléndida.
Eso no lo niego. Pero durante la ceremonia, cuando el sacerdote le pidió que agradeciera a sus padres, Héctor solo miró a la madre de Verónica. Ni una palabra para mí, ni una mirada, como si yo no existiera. Después, en la fiesta, me sentaron en una mesa al fondo, lejos de los invitados. Verónica me abrazó al irse, fingiendo afecto, y me dijo al oído, “Prometo cuidar de él. Usted ya ha hecho suficiente. Aquellas palabras me atravesaron el alma.
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