Ya ha hecho suficiente. Era su manera elegante de decir que sobraba. Y desde entonces así me trató, como un mueble viejo que ocupa espacio, como un recuerdo que estorba. Después de la boda vinieron los años de silencio. Héctor apenas me llamaba. Cuando lo hacía era para pedirme dinero o para preguntarme si podía vender el terreno de su padre. Yo siempre decía que sí. porque pensaba que eso lo haría feliz. Y cada vez que le daba algo creía que estaba comprando su cariño de nuevo.
Nunca aprendí que el amor no se compra ni se mendiga. Verónica fue quien tuvo la idea de mudarse conmigo cuando vendieron su departamento. Dijo que así me acompañarían en mi vejez. Yo, ingenua, acepté. Pensé que era una oportunidad para recomponer la relación, pero lo que hicieron fue instalarse aquí como dueños, cambiar mis muebles, tirar mis cosas, transformar mi casa en un campo de batalla donde mi voz no valía nada. El primer mes todavía cocinaba para los tres.
Luego me prohibieron usar la cocina para no hacer desorden. A veces me daban un plato de comida fría en la habitación. Y cuando me quejé, Héctor me dijo, “No seas dramática, mamá. Ya no puedes andar moviéndote como antes, como si la vejez fuera una enfermedad. Esa fue mi vida durante años, silencio, resignación, obediencia, hasta esa mañana en que me quitó la jubilación, hasta ese instante en que mi hijo me borró del mundo con una sola frase, pero algo se quebró dentro de mí, algo que llevaba décadas durmiendo, y esa fractura se convirtió en fuego.
Desde aquella noche del refrigerador he sentido algo extraño, una calma nueva. Ya no lloro por lo que perdí, sino por lo que estoy a punto de recuperar. Mi dignidad. La vieja Lucía, la que mendigaba afecto, murió el mismo día en que mi hijo abrió la puerta del congelador. La que queda ahora es otra. Una mujer que aprendió que el amor no debe doler y que hay silencios más poderosos que cualquier grito. A veces me miro al espejo y me digo en voz baja, “Lucía, nadie volverá a quitarte lo que es tuyo.” Y lo digo sin temblar, con la voz firme.
Porque si algo aprendí después de 70 años, es que no hay peor traición que la de un hijo que olvida a la madre que lo enseñó a amar. Y esa lección pienso devolvérsela pronto. Después de lo del refrigerador, la casa se volvió un campo minado. No había gritos, pero sí miradas que pesaban como piedras. Verónica no me hablaba. Cuando lo hacía era solo para dar órdenes. Héctor fingía calma, pero cada gesto suyo era una amenaza. Podía sentir su rabia hervir bajo la piel, una rabia muda, fría.
Una tarde lo escuché hablando por teléfono en el jardín. No, no pasa nada, decía. Solo fue un susto. Ya está vieja, pierde la cabeza. Me quedé quieta detrás de la puerta, oyendo cómo mi propio hijo justificaba mi cordura ante alguien. Ya está vieja, pierde la cabeza. Cuatro palabras que borraban toda mi historia. Mis años de trabajo, mis recuerdos. cuatro palabras que lo convertían en extraño. Esa misma noche me quitaron las llaves de la casa. Verónica se acercó con su tono dulce de siempre y dijo, “Lucía, es mejor así.
Últimamente te distraes y dejas la puerta abierta. No queremos accidentes.” “Accidentes.” Así le llamaban ahora a mi libertad. A partir de entonces, mis días se hicieron lentos. Desayunaba sola con pan duro y café recalentado. Ellos comían en el comedor, riendo, planeando viajes, hablando de cosas que ya no incluían mi nombre. A veces los oía desde mi cuarto. Sus voces eran como ecos de una vida ajena. Pasaba las horas mirando por la ventana. Desde allí podía ver el árbol de limones que Samuel y yo plantamos cuando nació Héctor.
Ese árbol ha resistido tormentas, sequías, podas brutales y todavía da fruto. Cada vez que lo veía me decía a mí misma, “Si el árbol sigue de pie, yo también puedo hacerlo.” Una tarde escuché que alguien golpeaba suavemente la reja. Era Elvira, mi vecina de toda la vida. Tenía mi edad, el cabello corto y las manos agrietadas por los años de enfermera. La misma mujer que me ayudó cuando nació Héctor, cuando Samuel murió, cuando la vida dolía demasiado.
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