Mi hijo dijo que usaría mi jubilación para él; esa noche, al abrir la nevera, empezó a gritar…

respondí bajando la mirada. Vi como su sonrisa se ensanchaba. Creía haber ganado y yo supe que estaba a punto de devolvérselo todo con intereses. Esa noche, mientras el viento golpeaba las ventanas, abrí mi cuaderno y escribí. Me quitaron las llaves, pero no la razón. Me encerraron el cuerpo, pero no el alma. Y lo que un hijo roba por ambición, una madre puede recuperarlo con paciencia. Apague la luz. Y por primera vez en mucho tiempo dormí tranquila. Sabía que muy pronto el encierro terminaría y que cuando esa puerta se abriera, no sería yo quien siguiera siendo prisionera.

El silencio tiene un sonido que solo los viejos entendemos. No es ausencia de ruido, es presencia de algo que se está gestando. Esa semana la casa estaba demasiado callada. Ni gritos, ni risas, ni pasos. Verónica y Héctor hablaban en susurros. Cerraban puertas, se quedaban despiertos hasta tarde. Yo fingía dormir, pero mis oídos seguían despiertos, como los de una madre que presiente la tormenta antes de verla. Una noche los escuché. Mi habitación da al pasillo y la pared que nos separa es delgada como papel.

Las voces me llegaban nítidas, aunque trataban de contenerlas. No podemos seguir esperando, Héctor”, decía Verónica impaciente. “Tu madre no va a durar mucho. Si seguimos con este juego, el dinero se va a esfumar.” “Tranquila, respondió él. En cuanto firme los papeles de venta, todo será nuestro. Y si no quiere firmar, lo hará. Confía en mí.” Hubo un silencio breve, seguido de algo peor. Una carcajada. “Eres igual a tu padre”, dijo ella, “siempre sabiendo cómo salirse con la suya.

Mi padre era un imbécil”, replicó Héctor con una dureza que no le conocía. Por eso murió pobre. “Y tú no vas a morir así”, dijo ella, acercándose. “Vas a hacer lo correcto, amor. Lo que se escuchó después no fueron palabras, sino besos. Y yo, en la oscuridad, apreté los puños tan fuerte que las uñas se me clavaron en las palmas. Mi hijo, mi propio hijo planeando vender mi casa, mi refugio, el último rincón donde Samuel y yo compartimos amor, todo, mientras dormía a metros de mí.

Y todavía tenía el descaro de llamarme mamá. Al día siguiente me levanté temprano. Preparé café como si nada. Cuando Verónica entró a la cocina, me sonrió con esa sonrisa vacía que usa para disimular su veneno. “¿Dormiste bien, Lucía?” “Sí, querida”, respondí con calma. Soñé con mi esposo. Ah, qué lindo dijo distraída revisando su teléfono. Sí, me decía que pronto iba a tener visitas. Visitas, sí, gente del banco, creo. Levantó la cabeza. del banco. Soñar es gratis, ¿no?, le respondí sonriendo.

Vi cómo tragaba saliva. Un leve temblor en su mano delataba su nerviosismo. Supe que empezaban a temerme. Esa misma tarde usé el teléfono de Elvira para hacer una llamada. Ramiro, dije en voz baja. Necesito que prepares los papeles. ¿Ya estás segura? Más que nunca. Entonces mañana pasaré por la firma. Hazlo sin que mi hijo se entere. Por supuesto, Lucía. Y no te preocupes, todo quedará a tu nombre. Colgué con el corazón acelerado. No era miedo, era adrenalina.

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