El sonido del refrigerador llenaba el silencio como un recordatorio. Pensé en Samuel, en cómo él siempre decía: “Hay batallas que solo se ganan cuando el enemigo cree que ya venció.” Esa frase me acompañó hasta el amanecer y cuando el sol empezó a colarse por la ventana, supe que había llegado el momento de poner mi plan en marcha. Antes de dormir recé en voz baja. No pedí justicia ni venganza, solo pedí lucidez. Porque en la vida a veces el castigo más grande no es la muerte, sino el remordimiento.
Y esa sería mi herencia para mi hijo. El día amaneció con una calma que me dio miedo. El cielo estaba limpio, el aire quieto y la casa parecía contener la respiración. Héctor había salido temprano al banco acompañado de Verónica. Dejaron sobre la mesa una carpeta de documentos, la misma que, según ellos, pondría todo en orden. Me senté frente a esa carpeta durante horas sin tocarla. Solo la miraba como si mirarla fuera suficiente para entender su veneno. Sabía lo que contenía, la venta de mi casa, la sesión de mi cuenta y el cierre definitivo de mi independencia.
Era su golpe final. Y lo mejor de todo era que ellos creían que yo iba a dárselo con mis propias manos. Cuando volvieron, la tarde ya se había teñido de naranja. Verónica traía ese perfume caro que siempre me da náuseas y Héctor caminaba con la arrogancia de quien cree que ha ganado. “Mamá”, dijo él con una sonrisa que me resultó extraña. “Hoy es un día importante.” “Ah, sí, sí. Vamos a terminar con los trámites. Ya no tendrás que preocuparte por nada.” Verónica se sentó frente a mí y me miró fijamente.
“Solo falta tu firma”, dijo empujando la carpeta hacia mí. “Aquí me temblaron las manos, pero no de miedo. Era la emoción de una actriz antes del acto final. Tomé el bolígrafo, abrí los papeles y fingí leer sin comprender. ¿Y esto es del banco?”, pregunté con voz frágil. Sí, mamá, confía en mí”, respondió Héctor, mirándome como si fuera un niño dándome instrucciones. “Claro que confío, hijo. Siempre lo hice.” Y firmé una, dos, tres veces sin protestar. Verónica sonrió satisfecha, creyendo que mi sumisión era auténtica.
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