Mi hijo me golpeó, pero guardé silencio. A la mañana siguiente, cociné un banquete suntuoso. Él bajó las escaleras, vio el mantel de encaje y las galletas, sonrió y dijo: ‘Así que, mamá, por fin aprendiste’, pero su rostro cambió de color en cuanto vio a la persona sentada a la mesa…

Verlo así, arrastrándose, me partió el corazón en mil pedazos. El instinto maternal gritaba que lo abrazara, que rompiera los papeles, que le diera otra oportunidad. Pero entonces me toqué la mejilla, todavía sensible, y recordé el miedo. Sabía que si cedía ahora, la próxima vez no sería una bofetada, sino algo peor. El amor verdadero a veces significa dejar caer a quien amas para que aprenda a levantarse solo.

La señora Ortega miró su reloj de muñeca y rompió el drama con su voz profesional. —Señor, dado que esta propiedad ya pertenece a la fundación, y en vista de los antecedentes de agresión que su madre ha documentado, tiene exactamente cuarenta y cinco minutos para recoger sus efectos personales y abandonar el inmueble. Hay una patrulla de policía avisada y esperando a dos calles, por si fuera necesaria su intervención para el desalojo.

Marcos me miró con odio puro una última vez, al darse cuenta de que su teatro no funcionaba. Se levantó, escupió al suelo y subió las escaleras corriendo. Una hora después, escuché la puerta principal cerrarse. No hubo despedidas. Se fue con dos maletas y la lección más cara de su vida.

Cuando el coche se alejó, me sentí extraña. No había alegría, pero sí una paz inmensa, como si por fin pudiera respirar hondo después de años conteniendo el aliento bajo el agua. —¿Le apetece un poco de cordero, Carmen? —le pregunté a la abogada con una sonrisa triste—. Me ha salido muy bueno y sería una pena desperdiciarlo.

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