Se sentó, tomó una galleta y dijo con la boca llena: “Vaya, mamá, por fin aprendiste. Así me gusta, que entiendas quién manda sin tener que recordártelo”. Pero su sonrisa se desvaneció, transformándose en una mueca de terror absoluto, en el momento exacto en que sus ojos se posaron en la persona que estaba sentada en el otro extremo de la mesa, observándolo en silencio.
La mujer sentada frente a él no era ninguna tía lejana ni una vecina cotilla. Era la señora Carmen Ortega, una notaria y abogada de prestigio, conocida en la ciudad por su carácter de hierro. Llevaba un traje sastre impecable y tenía una carpeta de cuero abierta sobre mi precioso mantel de encaje. Su presencia era tan afilada que parecía cortar el aire. Marcos dejó caer la galleta al plato, haciendo un ruido sordo.
—¿Qué hace esta mujer aquí? —preguntó Marcos, su voz oscilando entre la confusión y una agresividad defensiva—. ¿Mamá? ¿Qué significa esto?
Me senté despacio en la cabecera de la mesa, con una calma regia que nunca antes había tenido frente a él. Me serví un poco de agua y lo miré fijamente.
—Siéntate y cállate, Marcos. La señora Ortega está aquí porque estamos de celebración. Y tú eres el invitado de honor en esta despedida.
La abogada se ajustó las gafas y entrelazó los dedos sobre los documentos. —Buenos días, señor Marcos. Su madre me contactó anoche con carácter de urgencia. Hemos estado finalizando los trámites desde primera hora de la mañana.
Marcos miró el asado, luego a mí, y luego a los papeles, intentando conectar los puntos. —¿Trámites? ¿De qué hablas? ¡Esta es mi casa! ¡Soy el único heredero!
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