staba planchando mi vestido azul marino cuando mi hijo Alejandro me habló en la mañana de su boda. Mamá, cambio de planes. Te voy a mandar un Uber que te recoja a las 2 de la tarde. Me quedé sin entender. Pero mi hijo, ¿no habías dicho que tu carro estaba en el taller y que me ibas a recoger con el mío? Suspiró del otro lado de la línea, como si fuera una niña haciendo preguntas tontas. Es que la mamá de esperanza llegó esta mañana y está sin transporte.
va a necesitar tu carro para llegar al salón. Tú entiendes, ¿verdad? Es más práctico así. Mi corazón se apretó, pero me tragué el nudo en la garganta y le dije que sí, que entendía. Al fin y al cabo era la boda de mi único hijo. Yo debería estar feliz, ¿no es cierto? Durante 40 años, desde que mi esposo nos abandonó, yo fui mamá y papá para Alejandro. Trabajé como costurera hasta que los dedos se me entumecieron para pagarle sus estudios para que tuviera una vida mejor que la mía.
Vendí mis pocas joyas para dar el enganche del departamento que compró donde vive con esperanza. Cuando decidieron casarse, yo me ofrecía costear la mitad de la fiesta. Eran 22,000 pesos de mi pensión. Me consultaban solo montos y fechas de pago, pero las decisiones importantes sobre decoración, música, comida y hasta la logística del día las tomaban entre Esperanza, Alejandro y Socorro, la mamá de la novia. Nunca imaginé que en el día más importante de la vida de mi hijo, yo sería tratada como una visita cualquiera, mandada en Uber como si fuera una carga.
Mientras tanto, la mamá de la novia, que conoce a Alejandro apenas desde hace 6 meses que se comprometieron, llegaría en mi propio carro, toda importante. A las 2 en punto llegó el Uber, un carro sencillo, con un chóer que apenas me saludó. Me senté en el asiento de atrás agarrando mi bolsita con las manos temblorosas, viendo por la ventana las calles que me sabía de memoria. Pensé en todos los domingos que Alejandro venía a comer a casa, en como siempre me decía, “Mamá, tú eres la persona más importante de mi vida.
¿Acaso me había imaginado todo eso?” Cuando llegamos a la entrada del salón de fiestas, vi estacionado mero enfrente, brillando bajo el sol. De ahí salieron Esperanza y una señora elegante riéndose y platicando animadamente. Era su mamá, Socorro, usando un vestido carísimo y siendo recibida como reina por toda la familia. Pero lo que no sabían era que todo estaba a punto de cambiar. La ceremonia estuvo muy bonita, no lo puedo negar, pero durante toda ella me sentí como una extraña en la vida de mi propio hijo.
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