Mi hijo me llevó a la boda en Uber… y llevó a su suegra en mi coche, así que hice algo loco…

Consuelo había tomado decisiones diferentes. Se había vuelto a casar después de su divorcio. Había viajado. Había estudiado computación a los 50 años. Había construido una vida propia que no dependía completamente de sus hijos. No es tarde para empezar, me dijo. Tienes 65 años. buena salud y una pensión. La mitad de las mujeres de tu edad están en tu misma situación. La diferencia es que algunas deciden quedarse llorando lo que perdieron y otras deciden construir algo nuevo con lo que les queda.

El sábado por la mañana, el día antes de la boda, desperté con una claridad extraña. Me bañé con calma, me vestí con mi ropa más cómoda y salí a caminar por el barrio donde había vivido los últimos 20 años. Saludé a don Miguel. El señor del puesto de periódicos, que siempre me preguntaba por Alejandro. Le dije que se casaba al día siguiente y él me felicitó con genuine alegría. Qué orgullo ha de sentir, doña Teresa. Un hijo profesionista que se casa por la iglesia.

Eso no cualquiera lo logra. Seguí caminando hasta llegar al parque donde llevaba a Alejandro cuando era niño. Me senté en la misma banca donde solía sentarme a verlo jugar en los columpios. Recordando cómo corría hacia mí cada 5 minutos. para contarme algún descubrimiento. Una hormiga cargando una migaja, un perro que se parecía al de la caricatura que veíamos en la televisión, una nube que tenía forma de elefante. En ese entonces yo era el centro de su universo, la persona más importante, la que tenía todas las respuestas.

Ahora, sentada en la misma banca 20 años después, me di cuenta de que había llegado el momento de soltar, no porque no lo amara, sino porque amor verdadero a veces significa dar la libertad completa, incluso cuando esa libertad no te incluye. Alejandro había crecido, había formado su propia familia, había elegido su propio camino. Mi trabajo como madre había terminado y había sido exitoso. Él era un hombre independiente, trabajador, capaz de tomar sus propias decisiones. El problema era que yo no había aprendido a ser exitosa en nada más, pero eso estaba a punto de cambiar.

Porque si Alejandro me había enseñado algo durante todos esos años, era que las personas pueden reinventarse, pueden estudiar cosas nuevas, pueden cambiar de dirección cuando la vida las lleva por caminos inesperados. Y si él podía hacerlo a los 28 años, yo podía hacerlo a los 65. La diferencia era que él tenía una madre que lo apoyaba incondicionalmente. Yo tendría que aprender a ser mi propia madre. El lunes por la mañana después de la boda, desperté a las 5:30 como siempre, pero esta vez fue diferente.

No desperté por costumbre o por obligación, sino con una claridad mental que no había sentido en años. Me quedé acostada unos minutos escuchando los primeros ruidos de la ciudad que despertaba y tomé la decisión más importante de mi vida. Ya no iba a ser la Teresa que esperaba migajas de afecto. Iba a ser la Teresa que decidía qué merecía y qué no estaba dispuesta a tolerar más. Me levanté, me bañé con calma y me vestí con mi mejor ropa de calle.

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