Después me dirigí a mi escritorio, un mueble pequeño que había comprado en abonos hace 10 años. y donde guardaba todos mis documentos importantes. Saqué la carpeta azul donde tenía todos los papeles relacionados con la boda, contratos, recibos, comprobantes de transferencias, estados de cuenta. Durante 6 meses había estado organizando meticulosamente cada pago, cada gasto, cada compromiso financiero que había adquirido para hacer realidad el sueño de mi hijo. El primer documento que revisé fue el contrato con el salón Jardines del Valle.
había firmado un acuerdo muy específico, pagar la mitad del costo total de la recepción en tres exhibiciones antes de la boda y la otra mitad en dos pagos después del evento. Don Fernando, el dueño, había sido muy claro sobre los términos. Doña Teresa, entiendo que es mucho dinero de una sola vez, por eso le ofrezco esta facilidad de pago. Pero recuerde que el compromiso es firme. Los últimos 11,000 pesos deben estar liquidados a más tardar 15 días después de la boda.
Ya había pagado los primeros 11,000 pesos religiosamente. Cada quincena, desde que firmamos el contrato, yo separaba una parte de mi pensión para cumplir con mi compromiso. Había dejado de comprar carne para comer solo dos veces por semana en lugar de tres. Había cancelado mi suscripción de cable para ahorrar esos 200 pesos mensuales. Había dejado de ir al médico particular para usar solo el servicio público de Lims, todo para que Alejandro tuviera la boda que esperanza y Socorro habían soñado.
Pero esa mañana, sentada en mi escritorio con los documentos extendidos frente a mí, me di cuenta de algo fundamental. En ninguna parte del contrato decía que yo tenía la obligación de soportar humillaciones para cumplir con los pagos. No había cláusula alguna que dijera, “La señora Teresa Hernández se compromete a pagar esta cantidad a cambio de ser tratada como ciudadana de segunda clase en el evento de su propio hijo. El contrato era financiero, no emocional. Y si las condiciones emocionales habían cambiado tan drásticamente, yo tenía derecho a reconsiderar las condiciones financieras.
Tomé el teléfono y marqué el número del salón Jardines del Valle. Eran las 8 de la mañana y sabía que don Fernando llegaba temprano porque era un hombre de trabajo. Buenos días. Habla Teresa Hernández, la mamá del novio de la boda del sábado pasado. La voz de don Fernando se escuchó amable y familiar. Doña Teresa, ¿qué tal? Espero que haya disfrutado mucho la celebración. Todo salió muy hermoso. Si me permite decirlo, respiré profundo antes de continuar. Don Fernando, le llamo porque necesito hablar con usted sobre el pago pendiente.
Por supuesto, doña Teresa, quedamos en que me liquidaría los 11000 pesos restantes esta semana, ¿verdad? No hay ninguna prisa, pero me gustaría confirmar la fecha exacta para mis registros. Su tono era profesional, pero cordial, como el de alguien que está acostumbrado a tratar con familias que a veces se atrasan en los pagos después de las bodas. Don Fernando, me temo que ha habido un cambio en mi situación. No voy a poder completar el pago. El silencio del otro lado de la línea duró varios segundos.
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