Perdón, doña Teresa, ¿podría repetirme eso? Creo que no escuché bien. Su voz ahora tenía un toque de preocupación. Lo que escuchó está correcto, don Fernando. He decidido que no voy a pagar la segunda mitad. Otro silencio. Este más largo. Doña Teresa, disculpe, pero no entiendo. ¿Ha tenido algún problema económico, algo inesperado? Porque si es eso, podemos buscar una solución, hacer un plan de pagos más extendido. No, don Fernando, no es un problema económico, es un problema de principios.
Le expliqué con calma todo lo que había pasado. El Uber, mientras socorro, usaba mi carro, la mesa al fondo del salón, el trato como invitada de segunda categoría en la boda de mi propio hijo. Yo pagué la primera mitad creyendo que sería tratada como la mamá del novio, con el respeto y la dignidad que eso merecía. Pero en lugar de eso fui tratada como una benefactora incómoda que había que mantener en segundo plano. Don Fernando escuchó toda mi explicación sin interrumpirme.
Cuando terminé, suspiró profundamente. Doña Teresa, entiendo perfectamente su situación. En mis 30 años en este negocio, he visto cosas que le partirían el corazón. Familias que se pelean por dinero, hijos que maltratan a sus padres, suegras que humillan a sus nueras. Pero usted tiene que entender que yo también tengo compromisos que cumplir. Los proveedores, los empleados, los gastos ya fueron hechos. Lo entiendo, don Fernando, y de verdad me da mucha pena ponerlo en esta situación, pero también espero que usted entienda la mía.
Yo no estoy faltando a mi palabra por capricho o por maldad. Estoy defendiendo mi dignidad después de 40 años de sacrificios. Don Fernando se quedó pensativo por un momento antes de responder. ¿Sabe qué, doña Teresa? Su hijo va a tener que responder por esta deuda. El contrato principal está a nombre de él como novio. Yo voy a tener que contactarlo directamente. Está en su derecho, don Fernando. Ellos son adultos casados ahora. Es tiempo de que asuman sus propias responsabilidades.
Colgué el teléfono sintiéndome extrañamente tranquila. Había cruzado un punto de no retorno y en lugar de angustiarme me sentía liberada. Por primera vez en décadas había puesto mis propios sentimientos por encima de las necesidades de otros. La siguiente llamada fue a mi banco. Necesitaba cancelar las transferencias automáticas mensuales que hacía a la cuenta de Alejandro. Durante 3 años, desde que se graduó de la universidad, yo le había estado transfiriendo 500 pesos cada quincena para ayudarlo con los gastos del departamento.
Era dinero que yo separaba religiosamente de mi pensión, aún cuando eso significara comer menos carne o comprar ropa más barata. “Buenos días, necesito cancelar una transferencia programada”, le dije a la ejecutiva del banco cuando finalmente me atendieron. “Por supuesto, señora Hernández. ¿Cuál es el número de cuenta de destino? Le di los datos y ella revisó en su sistema. Veo que tiene programadas transferencias por 500 pesos cada 15 días hacia esa cuenta. ¿Está segura de que quiere cancelarlas?
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