Mi hijo me llevó a la boda en Uber… y llevó a su suegra en mi coche, así que hice algo loco…

En la sección de revistas compré una revista de viajes que tenía un artículo sobre mujeres que empezaban aventuras nuevas después de los 60. Cada compra pequeña se sentía como un acto de rebeldía silenciosa. Esa tarde reorganicé mi departamento. Guardé todas las fotos de Alejandro en una caja. No porque quisiera borrarlo de mi vida, sino porque necesitaba espacio visual para empezar a imaginar quién era Teresa sin ser definida únicamente como la mamá de Alejandro. Moví los muebles para crear un rincón de lectura junto a la ventana.

Saqué libros que había comprado años atrás, pero que nunca había tenido tiempo de leer, porque siempre había algo más urgente relacionado con las necesidades de mi hijo. El miércoles recibí la primera llamada de don Fernando. Doña Teresa, he estado tratando de contactar a su hijo, pero no me contesta. ¿Podría darme un número alterno o decirme cuándo regresa de su luna de miel? Le expliqué que regresarían el domingo siguiente y le di el número del trabajo de Alejandro.

Don Fernando, quiero que sepa que esto no es personal contra usted. Usted hizo un trabajo excelente y la boda estuvo hermosa. Esto es entre mi hijo y yo. Lo entiendo, doña Teresa, pero usted comprenderá que yo también tengo una empresa que mantener. Voy a tener que tomar medidas legales si no recibo el pago cuando su hijo regrese. Está en todo su derecho, don Fernando. Y Alejandro es un hombre responsable. Estoy segura de que van a llegar a un arreglo.

Era extraño sentirme tan calmada hablando de consecuencias legales que afectarían a mi hijo. Pero por primera vez en mi vida, sus problemas no se sentían automáticamente como mis problemas. El jueves fui a cortarme el cabello a un salón diferente del que iba habitualmente. Siempre iba al mismo lugar, un salón barato del barrio donde me cortaban el pelo de la misma manera desde hace años. Un corte práctico sin estilo, diseñado para una mujer que no tenía tiempo ni dinero para vanidades.

Pero ese día fui a un salón más caro en el centro, el tipo de lugar al que iba socorro. ¿Qué tenía en mente?, me preguntó la estilista. Una chica joven con el cabello de colores, que me recordó que la belleza no tenía edad límite. “Quiero algo diferente”, le dije. Algo que me haga sentir renovada. Pasamos una hora hablando de estilos, de colores, de posibilidades. Cuando terminó, me vi al espejo y no reconocí a la mujer que me miraba de vuelta.

Me veía más joven, más segura, más viva. El viernes, exactamente una semana después de la boda, recibí una llamada de esperanza. Era la primera vez que hablaba con ella desde la noche de la celebración. Doña Teresa, ¿cómo está? Alejandro y yo hemos estado pensando mucho en usted viaje. Su voz sonaba dulce, pero nerviosa, como si estuviera leyendo de un guion. Estoy muy bien, mija. Espero que estén disfrutando Cancún. Sí, está precioso. Doña Teresa, quería preguntarle, ¿ha tenido algún problema con el señor del salón?

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