Me quedé sentada en la tercera fila, sí, tercera. Mientras la familia de esperanza ocupaba los primeros lugares de honor, Socorro estaba radiante en la primera fila al lado del papá de la novia, recibiendo felicitaciones de todos. Yo observaba todo callada, con una sonrisa forzada en la cara, tratando de no mostrar el dolor que me crecía en el pecho. Durante se meses de preparativos, desde el compromiso, Socorro siempre fue educada, pero distante conmigo. En las pocas veces que nos encontramos me trataba con la cortesía fría de quien cumple protocolo, siempre muy ocupada para pláticas más largas, siempre con prisa para irse.
En el cóctel traté de acercarme a Alejandro para felicitarlo, pero siempre estaba rodeado de los amigos y la familia de esperanza. Cada vez que me acercaba, alguien se lo llevaba para otro lado, para más fotos, para más conversaciones importantes. Me acordé de cuando era chiquito y tenía pesadillas. Yo me pasaba noches enteras despierta junto a su cama cantándole canciones de cuna que mi mamá me había enseñado. Me acordé de los sacrificios que hice para comprarle útiles escolares, ropa, tenis de marca, porque no quería ser diferente de sus compañeros.

Me acordé de las veces que comí puro arroz con frijoles para que él pudiera comer carne. Y ahora, en el día de su boda, yo era una intrusa en mi propia familia. La ceremonia religiosa se llevó a cabo en la parroquia de San José, una iglesia colonial hermosa en el centro de Guadalajara, donde Alejandro había hecho su primera comunión. Yo había soñado con este momento durante años, imaginando cómo caminaría del brazo de mi hijo hacia el altar, cómo lloraría de emoción viendo a mi bebé convertirse en esposo.
Pero la realidad fue muy diferente. Alejandro entró del brazo de Socorro, quien fungió como madrina. Mientras yo permanecí sentada en mi lugar, viendo desde lejos cómo otra mujer compartía ese momento sagrado con mi hijo, el padre Martínez. quien había bautizado a Alejandro, me vio durante la ceremonia y me sonrió con esa mirada compasiva que duele más que cualquier insulto. Era la mirada de alguien que entendía que yo había sido relegada del papel principal en la vida de mi propio hijo.
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