Vamos, Esperanza. Creo que mamá ya tomó su decisión. Su tono tenía una frialdad que no le había escuchado nunca dirigida hacia mí. Era el tono de alguien que se siente traicionado, que no entiende por qué las reglas del juego habían cambiado sin su consentimiento. Alejandro, le dije antes de que saliera, mi puerta siempre va a estar abierta para ti, pero va a ser una puerta de doble dirección, ya no solo de entrada para tomar, sino también de salida para dar.
se fueron sin despedirse propiamente. Esperanza me miró una última vez con una expresión que era mezcla de respeto y tristeza, como si finalmente entendiera algo sobre la maternidad que no había considerado antes. Cuando cerré la puerta detrás de ellos, me quedé parada en el pasillo por varios minutos, procesando lo que acababa de pasar. No me sentía victoriosa, pero tampoco derrotada. Me sentía libre. Por primera vez en 40 años había puesto mis propias necesidades emocionales al mismo nivel que las necesidades de mi hijo.
No había sido cruel ni vengativa, pero sí había sido firme. Había establecido límites que debería haber establecido años atrás. Esa noche, mientras cenaba sola en mi cocina, recibí un mensaje de texto de Alejandro. Mamá, siento mucho haberte lastimado. No era mi intención. Te amo y quiero arreglar esto. Era el tipo de mensaje que antes me habría hecho llamarlo inmediatamente para decirle que todo estaba bien, que lo perdonaba, que podíamos volver a como era antes. Pero esta vez solo respondí, yo también te amo, mi hijo.
Cuando estés listo para una relación de adultos, aquí voy a estar. No hubo respuesta esa noche, ni la siguiente, ni la semana siguiente, y por primera vez en mi vida, el silencio de mi hijo no me desesperó, porque finalmente había aprendido que el amor verdadero a veces requiere soltar, requiere permitir que las personas enfrenten las consecuencias de sus decisiones, requiere ser fuerte cuando el instinto maternal grita por ceder. Tres semanas después, mientras regaba mis plantas en la terraza de mi departamento, vi mi reflejo en la ventana.
Era el reflejo de una mujer que había recuperado su dignidad, que había aprendido a valorarse a sí misma, que había descubierto que podía ser feliz sin ser necesitada. Era el reflejo de Teresa Hernández, no solo de la mamá de Alejandro. Y por primera vez en décadas me gustó lo que vi. Seis meses después de la boda, estoy sentada en la terraza de una pequeña casa que rentéa cinco cuadras del lago de Chapala. Todas las mañanas despierto con el sonido de los pescadores preparando sus lanchas y el canto de los censontes que anidan en el árbol de bugambilia de mi jardín.
Es una vida sencilla, pero es completamente mía. Por primera vez en décadas, nadie necesita nada de mí. Nadie me trata como una carga. Nadie me deja de lado en los momentos importantes. Tengo una rutina tranquila. Despierto temprano. Cuido de las plantas que sembré en mi pequeño huerto. Escribo cartas a mi hermana Consuelo, que ahora me visita cada dos meses. Y por las tardes me siento aquí en la terraza a observar el movimiento del pueblo y los atardeceres dorados sobre el agua.
Mudarse a Chapala no había sido una decisión impulsiva. Después de la confrontación con Alejandro, pasé un mes pensando qué quería hacer con el resto de mi vida. Un día, mientras ojeaba los folletos de viajes que había guardado, vi un anuncio sobre casas en renta en pueblos cerca de Guadalajara. Viva la tranquilidad que merece”, decía el anuncio y esas palabras me resonaron profundamente. Llamé al número y una semana después estaba manejando hacia Chapala en un autobús con una maleta pequeña y el corazón lleno de esperanza.
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