La casa que encontré era perfecta para una persona sola. Dos recámaras pequeñas, una cocina con ventana al jardín, una sala acogedora y esta terraza donde ahora paso la mayor parte de mis tardes. El pueblo es tranquilo, pero no aburrido. Hay un mercado los miércoles y sábados donde compro verduras frescas y flores para la casa. Hay una biblioteca pequeña donde me hice socia donde descubrí mi amor por las novelas románticas que nunca había tenido tiempo de leer. Hay una iglesia antigua donde voy los domingos, no solo por fe, sino porque me gusta la sensación de comunidad silenciosa que se crea cuando la gente se reúne sin necesidad de palabras.
Lo que más me gusta de vivir aquí es la invisibilidad elegante que tengo. Nadie me conoce como la mamá de Alejandro o como la señora que trabajó 40 años para mantener a su hijo. Aquí soy simplemente Teresa, la señora que renta la casa azul cerca del lago, que compra flores los sábados, que saluda amablemente, pero que mantiene su privacidad. Es liberador ser un misterio benévolo para otros. En lugar de ser un libro abierto que todos creen tener derecho a leer.
Durante estos meses he desarrollado pequeñas rutinas que me dan estructuras sin ser agobiantes. Los lunes lavo ropa y limpio la casa a fondo, poniendo música de Juan Gabriel que me recuerda a mi juventud. Los martes voy al mercado y después cocino algo especial solo para mí. Cosas que me gustan, pero que nunca preparaba porque a Alejandro no le gustaban. Pescado al mojo de ajo, chiles en nogada fuera de temporada, ensaladas con ingredientes caros. Los miércoles leo en el jardín bajo la sombra del fresno que está lleno de nidos.
Los jueves escribo cartas largas a consuelo contándoles sobre mi nueva vida y ella me responde con historias de Tijuana que me hacen reír. Los viernes son mi día de aventura. Tomo el autobús a Guadalajara y paso el día caminando por lugares que conocía, pero que nunca había disfrutado realmente, porque siempre tenía prisa por regresar a casa para preparar comida o lavar ropa de Alejandro. Visito museos, me siento en cafés a observar a la gente, compro libros usados en las librerías del centro.
Es increíble como una ciudad puede verse completamente diferente cuando la recorres sin obligaciones, sin horarios impuestos por las necesidades de otros. Los sábados son para el jardín. He descubierto que tengo buena mano para las plantas, algo que nunca supe porque en el departamento de Guadalajara no tenía espacio para más que unas macetas pequeñas. Aquí tengo tomates, chiles, hierbas aromáticas y un pequeño rosal que está empezando a dar flores rojas hermosas. Trabajar con la tierra me da una satisfacción que no sabía que existía.
Es como si cada semilla que siembro fuera una inversión en mi propio futuro, una promesa de que voy a estar aquí para ver crecer lo que planto. Los domingos son mis días de silencio completo. No pongo música, no enciendo la televisión, no hablo por teléfono, solo disfruto el silencio que elegí tener. Me siento en la terraza con una taza de café y observo el lago cambiar de color según las horas del día. Por la mañana es plateado, al mediodía azul intenso, por la tarde dorado.
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