Y al anochecer se vuelve morado como una herida hermosa. En esos momentos de silencio absoluto me doy cuenta de cuánto ruido había en mi vida anterior. No solo ruido de sonidos, sino ruido emocional, ruido de preocupaciones constantes por otros, ruido de culpas y responsabilidades que no eran mías. Hace tr meses recibí una llamada de esperanza. Mi teléfono sonó un miércoles por la tarde cuando yo estaba regando las plantas del jardín. Vi su nombre en la pantalla y mi primer impulso fue no contestar, pero la curiosidad pudo más.
Doña Teresa, ¿cómo está? Su voz sonaba diferente, más madura, como si hubiera pasado por algo difícil. Estoy bien, mij hija. ¿Cómo están ustedes? Estamos aprendiendo. Alejandro y yo hemos tenido que hacer muchos ajustes. Me contó que habían tenido que pedir un préstamo al banco para pagar la deuda del salón, que Alejandro había tomado un trabajo de medio tiempo los fines de semana para generar ingresos extra, que habían tenido que cancelar los planes de comprar casa nueva porque sus finanzas estaban más apretadas de lo que habían calculado.
Ha sido difícil, me dijo, pero también educativo. Alejandro se ha dado cuenta de muchas cosas que no veía antes. ¿Y tú cómo estás, Esperanza?, le pregunté porque su voz tenía algo que me preocupó. Estoy bien, doña Teresa, embarazada de tres meses. La noticia me golpeó como un rayo. Iba a ser abuela. Durante 40 años había soñado con ese momento. Había imaginado cómo sería cargar al primer hijo de mi hijo, cómo lo malcriaría los fines de semana, cómo le enseñaría las canciones que le cantaba a Alejandro cuando era pequeño.
Felicidades, mi hija, me da mucho gusto por ustedes. Las palabras salieron automáticamente, pero por dentro se desató una tormenta de emociones contradictorias. Alegría genuina por la nueva vida que venía, tristeza por saber que probablemente no tendría un lugar importante en la vida de ese bebé. Alivio de no tener que cargar con la responsabilidad de ser la abuela de tiempo completo y gratis que probablemente habían planeado que fuera. Doña Teresa continuó Esperanza. Alejandro y yo hemos estado hablando mucho estos meses sobre usted, sobre lo que pasó, sobre cómo queremos criar a nuestro hijo y quisiéramos invitarla a una cena para platicar.
Su invitación sonaba sincera, pero también desesperada. Es muy amable de su parte, Esperanza, pero creo que es muy pronto para eso. Por favor, doña Teresa. Sé que Alejandro cometió errores, sé que la lastimamos, pero estamos tratando de ser diferentes y queremos que conozca a su nieto cuando nazca. Queremos que sea parte de su vida. Sus palabras me movieron, pero no lo suficiente para cambiar mi posición. Esperanza. Cuando estén listos para una relación genuina conmigo, sin agendas ocultas, sin necesidades desesperadas de mi parte, entonces podremos hablar.
Después de esa llamada, me quedé sentada en la terraza hasta muy tarde, procesando lo que significaba ser abuela en estas circunstancias. Era extraño sentir que podía amar a alguien que no había nacido, pero mantener límites firmes con los padres de esa persona. Esa noche escribí una carta larga a consuelo contándoles sobre el embarazo y mis sentimientos confusos al respecto. Su respuesta llegó dos semanas después. Teresa, vas a ser una abuela magnífica cuando llegue el momento correcto, pero tienes razón en no dejarte manipular emocionalmente con la noticia del bebé.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
