Mi hijo me llevó a la boda en Uber… y llevó a su suegra en mi coche, así que hice algo loco…

Un mes después recibí otra llamada, esta vez directamente de Alejandro. Era un sábado por la mañana y yo estaba desayunando en la terraza disfrutando del aire fresco del lago. Mamá, ¿podemos hablar? Su voz sonaba diferente, menos demandante, más humilde. Claro, mijo. Dime, ¿qué necesitas? No necesito nada, mamá. Solo quería preguntarte cómo estás, si estás bien. Fue una conversación extraña porque él realmente parecía estar preguntando sin segundas intenciones. Me contó sobre su trabajo extra, sobre cómo estaba aprendiendo a manejar el presupuesto familiar sin mi subsidio, sobre lo difícil pero gratificante que había sido darse cuenta de que podía resolver problemas financieros sin llamarme automáticamente.

He estado pensando mucho en lo que me dijiste, mamá, sobre tratarte como empleada. doméstica de mi vida. Y tienes razón, lo siento mucho. Te creo, Alejandro, y te agradezco que me lo digas. Mi respuesta fue cálida, pero cautelosa. Había aprendido que las disculpas, aunque sinceras, no garantizaban cambios duraderos. ¿Cómo está tu nueva casa?, le pregunté cambiando un poco el tema. Está bien, mamá. Es pequeña, pero cómoda. Chapala es un lugar hermoso. Esperanza dice que le gustaría visitarte algún día solo para conocer dónde vives.

Cuando sea el momento correcto respondí usando las mismas palabras que había usado con esperanza. Sí, mamá, cuando sea el momento correcto. Hubo una pausa larga antes de que él continuara. Mamá, ¿me extrañas? La pregunta era vulnerable, genuina, cargada de la inseguridad de un niño que no está seguro de seguir siendo amado. Claro que te extraño, Alejandro. Eres mi hijo. Eso nunca va a cambiar. Pero también estoy aprendiendo que extrañar a alguien no significa que tengo que vivir en función de esa persona.

Mi respuesta lo dejó callado por un momento. ¿Y del bebé? ¿Estás emocionada por ser abuela? mucho, mijo, pero también estoy en paz con la idea de ser una abuela con límites sanos. Esa conversación marcó un cambio sutil pero importante. Alejandro empezó a llamarme una vez por semana, siempre preguntando cómo estaba sin pedir nada a cambio. Me contaba sobre el embarazo de esperanza, sobre sus trabajos, sobre las cosas que estaba aprendiendo sobre ser adulto sin red de seguridad financiera familiar.

Yo le contaba sobre mi vida en Chapala, sobre mis plantas. sobre los libros que estaba leyendo. Eran conversaciones reales entre dos adultos, no entre una madre proveedora y un hijo necesitado. Durante estos meses también he hecho nuevas amistades. Doña Carmen, mi vecina de 68 años, es viuda desde hace 10 años y tiene una filosofía de vida que me inspira. Teresa, después de los 60, cada día que vivimos sin drama familiar es un regalo que nos damos a nosotras mismas.

Venimos juntas al mercado los sábados y nos contamos historias de nuestras vidas pasadas mientras elegimos verduras. Don Roberto, el señor que vende flores en el mercado, me ha enseñado sobre diferentes tipos de plantas y me regala esquejes para mi jardín. Es viudo también, de 72 años y tiene una forma muy bonita de ver la vida. Señora Teresa, las plantas más fuertes son las que aprenden a vivir solas antes de compartir tierra con otras. No hay romance entre nosotros, solo una amistad cómoda basada en conversaciones sobre jardinería y en silencios compartidos que no necesitan ser llenados.

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