La señorita Isabel, la bibliotecaria que tiene apenas 30 años, pero una sabiduría impresionante, me ha introducido a autores que nunca había considerado leer. Gracias a ella, descubrí que me gustan las biografías de mujeres que cambiaron sus vidas después de los 50. Cada libro me enseña algo nuevo sobre las posibilidades que existen cuando una mujer decide priorizarse a sí misma. Hace un mes, mientras leía en el jardín, llegó un sobre de Guadalajara. No tenía remitente, pero reconocí la letra de Alejandro inmediatamente.
Adentro había una foto de ultrasonido y una nota corta. Mamá, es niña, se va a llamar Teresa como tú. Esperamos que cuando esté lista para conocerte puedas enseñarle a ser tan fuerte como su abuela. La nota no pedía nada, no prometía nada, solo compartía información y expresaba un deseo. Esa foto del ultrasonido está ahora en mi refrigerador junto a las cartas de consuelo y las fotos de mis plantas. Cada vez que la veo siento una mezcla extraña de emoción y tranquilidad.
Emoción por la nueva vida que viene, por la posibilidad de ser parte de la vida de mi nieta, por la oportunidad de quebrar los patrones disfuncionales que se repitieron entre Alejandro y yo. Tranquilidad, porque sé que esta vez será diferente. Será una relación donde yo puedo dar amor sin sacrificar mi dignidad, donde puedo ser abuela sin convertirme en empleada doméstica no remunerada. Esta mañana, mientras regaba las plantas del jardín, recibí una llamada de esperanza. Doña Teresa nació ayer.
Teresa Esperanza está sanita y es hermosa. Su voz estaba llena de la emoción exhausta de una madre nueva. Felicidades, mija. ¿Cómo estás tú? Cansada, pero feliz. Doña Teresa, no la estoy llamando para presionarla ni para pedirle nada. Solo quería que supiera que su nieta ya está aquí. Te agradezco que me hayas llamado Esperanza. Dale mis felicitaciones a Alejandro. Hubo una pausa antes de que ella continuara. Doña Teresa, ¿sabe qué? Estos meses me han enseñado mucho sobre lo que significa ser madre y ahora entiendo mejor por qué usted tomó las decisiones que tomó.
Entiendo que defender a sus hijos a veces significa enseñarles límites. Sus palabras me tocaron profundamente porque venían de alguien que ahora tenía la responsabilidad de criar a una nueva Teresa. Esperanza. Ser madre es el trabajo más difícil del mundo porque tienes que amar incondicionalmente, pero también tienes que enseñar responsabilidad. Y a veces esas dos cosas parecen contradictorias. Sí, doña Teresa, ahora lo entiendo. Después de colgar, me quedé sentada en mi terraza pensando en la ironía hermosa de la situación.
Mi nieta se llama Teresa y aunque todavía no la conozco, ya sé que voy a quererla profundamente, pero también sé que la voy a querer una manera diferente a como quise a Alejandro. La voy a querer sin sacrificar mi propia identidad, sin olvidarme de mis propias necesidades, sin convertir mi amor en una cadena que nos ate a ambas a patrones disfuncionales. Hace una semana, mientras caminaba por la orilla del lago, me encontré con mi reflejo en el agua y tuve una revelación profunda.
Durante 40 años había definido mi valor como mujer en función de qué tan necesaria era para otros. Pero aquí en Chapala he aprendido que mi valor real está en qué tan en paz estoy conmigo misma. ¿Qué tan auténtica puedo ser sin disculparme? ¿Qué tan feliz puedo ser sin necesitar la validación constante de otros? Esta tarde, mientras el sol se pone sobre el lago y los pescadores regresan con sus redes llenas, me siento completamente en paz con las decisiones que tomé.
No fueron decisiones fáciles, no fueron decisiones que me hicieran popular dentro de mi familia, pero fueron decisiones correctas para mi bienestar emocional y mi dignidad como persona. A veces recibo mensajes de texto de Alejandro con fotos de la bebé. Son mensajes simples, sin presión, solo compartiendo momentos. Mamá, mira qué cara hace cuando duerme. Se parece a usted cuando frunce el seño. Creo que va a ser tan terca como su abuela. Respondo con cariño, pero mantengo mis límites.
Qué hermosa está. Me da mucho gusto que esté creciendo bien. Denle mis bendiciones. Todavía no he visto a mi nieta en persona y probablemente pasarán varios meses antes de que eso suceda, pero ya no vivo en la desesperación de ser incluida a cualquier costo. He aprendido que esperar el momento correcto es mejor que forzar situaciones incorrectas. Cuando llegue el día de conocer a Teresa Esperanza, será porque su familia realmente quiere incluirme de manera sana, no porque me necesiten como salvavidas económico o niñera gratuita.
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