Durante el intercambio de anillos, Esperanza le dedicó unas palabras a Socorro, agradeciéndole por haberla criado con tanto amor y por darle el ejemplo de lo que significa ser una mujer fuerte. Mis ojos se llenaron de lágrimas pensando en todas las veces que Alejandro había llegado a casa llorando porque los niños del colegio se burlaban de él por no tener papá y cómo yo le secaba las lágrimas diciéndole que no necesitábamos a nadie más, que nosotros éramos un equipo completo.
Pero ahora, en su boda, parecía que ese equipo se había disuelto hace tiempo y yo ni siquiera me había dado cuenta. En la cena me pusieron en una mesa al fondo del salón con algunos conocidos lejanos. Socorro tenía mesa de honor junto a los novios. Durante la fiesta vi como ella bailó con Alejandro el bals tradicional de la familia de la novia mientras yo esperaba mi turno que nunca llegó. Fue cuando escuché una conversación entre dos invitadas atrás de mí.
Pobrecita la mamá del novio. Ha de ser difícil ser madre soltera por tanto tiempo. Qué bueno que ahora Socorro puede darle el apoyo familiar que Esperanza necesita. Hablaban de mí como si fuera un peso que finalmente había sido quitado de los hombros de mi hijo, como si mi papel hubiera terminado y ahora yo pudiera salir de escena discretamente. Y en ese momento, algo dentro de mí finalmente se rompió. La recepción continuó sin que nadie notara mi ausencia emocional.
Los mariachis tocaron las mañanitas cuando sacaron el pastel y Alejandro pidió un brindice especial por las dos mujeres más importantes en su vida, esperanza y socorro. El salón estalló en aplausos mientras yo permanecía sentada, sintiendo como si un rayo me hubiera partido por dentro. Las dos mujeres más importantes, ¿dónde quedaban los 40 años que dediqué exclusivamente a él? ¿Dónde quedaban las noches en vela cuando tenía fiebre? Los trabajos extras que tomé para pagarle el colegio privado, las veces que no compré medicina para mí para que no le faltara nada a él, Socorro se levantó a dar un discurso que me quebró completamente.
Habló de cómo había recibido a Alejandro en su familia, como el hijo que nunca tuvo, de cómo estaba orgullosa de tener un yerno tan trabajador y responsable, de cómo esperaba ser la abuela que sus futuros nietos merecían. Cada palabra era como una declaración de que mi lugar había sido ocupado oficialmente. La gente lloraba de emoción, pero mis lágrimas eran de una herida profunda que no sabía cómo sanar. Cuando terminó su discurso, Alejandro se levantó y la abrazó diciendo, “Gracias, Socorro, por recibirme como a un hijo.
Prometo cuidar a Esperanza, como tú me has enseñado que se cuida a una mujer.” Después del pastel, cuando la música cambió a ritmos más modernos, me quedé sentada viendo como todas las familias bailaban juntas. Los papás de esperanza bailaban con su hija. Socorro bailaba con Alejandro, pero yo permanecía sola en mi mesa, invisible para todos. Una de las tías de esperanza se me acercó y me dijo con toda la buena intención del mundo, “Doña Teresa, qué tranquila se ha de sentir ahora que Alejandro ya tiene quien lo cuide.
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