Mi hijo me llevó a la boda en Uber… y llevó a su suegra en mi coche, así que hice algo loco…

Ya puede descansar después de tantos años de sacrificio. ” Sus palabras, aunque bien intencionadas, me cayeron como balde de agua fría. descansar. ¿Era eso lo que todos pensaban? Que yo había estado esperando el momento de librarme de la responsabilidad de ser mamá. Cerca de las 11 de la noche, cuando la fiesta estaba en su punto más alto, decidí que ya era hora de irme. Me acerqué a Alejandro para despedirme y desearle una buena luna de miel. Estaba rodeado de amigos riéndose y tomando, y cuando me vio acercarme, su expresión cambió a una sonrisa educada, pero distante.

Ay, mamá, ya te vas. Qué lástima. Lo abracé y le dije que había sido una boda preciosa, que estaba muy feliz por él. Él me dio unas palmaditas en la espalda, como se le da a una tía lejana, y me dijo, “Gracias por todo, ma. Te hablo cuando regresemos del viaje. Ese fue todo. 40 años de sacrificio, amor incondicional y dedicación exclusiva resumidos en Gracias por todo y una promesa de llamada que intuí no llegaría pronto. Socorro se acercó también a despedirse y me sorprendió con su amabilidad repentina.

Teresa, muchas gracias por todo lo que hiciste por la boda. Se nota que criaste muy bien a Alejandro. Era la primera vez en se meses que me hablaba con calidez genuina, pero llegaba demasiado tarde. Esperanza me abrazó y me dijo que esperaba que siguiéramos siendo familia, pero pude ver en sus ojos que era más cortesía que convicción. Ambas sabían, igual que yo, que mi papel activo en la vida de Alejandro había terminado oficialmente esa noche. Pedí otro Uber para regresarme a casa.

El chóer, un señor mayor que me recordó a mi papá, notó mi tristeza y me preguntó si estaba bien. Sí, señor. Solo estoy cansada, le mentí. Durante el camino de regreso vi las luces de Guadalajara brillando en la noche y pensé en lo irónica que era la situación. Había pasado 40 años trabajando para que mi hijo tuviera una vida mejor y había tenido éxito. Él tenía una carrera, un buen trabajo, un departamento, una esposa de buena familia, pero en el proceso me había vuelto obsoleta, como una máquina que cumple su función y luego se guarda en el closet porque ya no se necesita.

Llegué a mi casa cerca de la medianoche. Era un departamento pequeño, pero cómodo que había comprado con mi liquidación. Después de trabajar 30 años en la misma fábrica textil, me quité el vestido azul marino y me puse mi camisón, pero no podía dormir. Me senté en la cocina a tomarme un té de manzanilla y a procesar todo lo que había pasado. En la mesa estaban los recibos de todos los pagos que había hecho para la boda, el salón, la comida, las flores, la música.

11,000 pesos que había aportado con mucho gusto porque pensaba que era una inversión en la felicidad de mi hijo, pero ahora me daba cuenta de que había pagado por mi propia humillación. Me levanté y fui a mi recámara, donde tenía una caja con todas las fotos de Alejandro desde que era bebé. Las fui viendo una por una. Su primer día de escuela, su graduación de primaria, su primera comunión, su graduación de la universidad. En todas las fotos importantes de su vida, yo estaba ahí sonriendo orgullosa a su lado, pero me di cuenta de algo terrible.

En los últimos 3 años, desde que conoció a Esperanza, yo había estado apareciendo cada vez menos en sus fotos. Primero fueron las fotos casuales, luego las familiares y finalmente las oficiales. Sin darme cuenta había sido borrada gradualmente de su vida documentada. Esa noche, acostada en mi cama mirando al techo, tomé una decisión que cambiaría todo. Ya no iba a esperar que mi hijo me incluyera en su vida por lástima o por obligación. Ya no iba a mendigar el afecto que creía merecer por mis sacrificios pasados.

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