Si él había decidido que mi papel como mamá había terminado, entonces yo también tenía derecho a decidir qué papel quería jugar en adelante. Tenía 65 años, estaba saludable, tenía una pensión modesta, pero suficiente y por primera vez en cuatro décadas. No tenía que pedirle permiso a nadie para tomar decisiones sobre mi propia vida. Al día siguiente era lunes y Alejandro y Esperanza saldrían para su luna de miel en Cancún. Tenían planeado estar fuera dos semanas, tiempo suficiente para que yo pudiera organizar mis pensamientos y tomar las decisiones que necesitaba tomar.
Me levanté más temprano que de costumbre, me preparé un desayuno completo y me senté a hacer una lista de todo lo que tenía que hacer. Por primera vez en meses me sentía con energía y propósito. Había algo liberador en saber que ya no tenía que vivir esperando migajas de atención y afecto de alguien que claramente había decidido que ya no me necesitaba. La primera llamada que hice fue al salón Jardines del Valle, donde había sido la recepción.
Necesitaba hablar con don Fernando, el dueño, sobre un asunto muy importante relacionado con el pago. La segunda llamada fue a mi banco para revisar algunas transacciones que necesitaba cancelar. La tercera fue a un abogado que me había recomendado mi vecina, doña Carmen, que había pasado por una situación similar con sus hijos hace algunos años. tenía trabajo que hacer, decisiones que tomar y una vida nueva que construir. A los 65 años, Teresa Hernández estaba a punto de descubrir quién era cuando nadie más la necesitaba.
Pero lo que Alejandro y Socorro no sabían era que durante todos esos años de sacrificio y trabajo silencioso, yo había aprendido a ser mucho más lista de lo que ellos imaginaban. Y lo que descubrirían a su regreso de la luna de miel les enseñaría que subestimar a una madre mexicana de 65 años que finalmente decide defenderse puede ser el error más caro de sus vidas. El martes por la mañana desperté con una extraña sensación de calma. Por primera vez en meses no tenía que preocuparme por los preparativos de la boda, por las citas con proveedores, por las llamadas de socorro preguntando sobre pagos.
Alejandro y Esperanza ya estaban en Cancún, probablemente desayunando en la alberca de su hotel, todo incluido, sin pensar ni una sola vez en la mujer que había hecho posible que pudieran darse ese lujo. Me preparé café de olla como me había enseñado mi mamá. Me senté en mi pequeña cocina y empecé a recordar cosas que había enterrado en el fondo de mi memoria. Me acordé del día que Alejandro cumplió 5 años. Yo trabajaba en la fábrica de textiles desde las 6 de la mañana hasta las 6 de la tarde, pero ese día pedí permiso para salir temprano porque había prometido llevarlo a comer pastel a la nevería de don Rodolfo.
Cuando llegué a casa, lo encontré sentado en la banqueta de la entrada, todavía con su uniforme del kinder, esperándome con una paciencia que partía el corazón. “Ya llegaste, mamá. Ya vamos por mi pastel.” Su carita iluminada cuando me vio me llenó de una felicidad que no he vuelto a sentir. Caminamos de la mano hasta la nevería, él brincando de emoción, yo calculando mentalmente si me alcanzaba el dinero para el pastel y la renta de esa quincena. Don Rodolfo nos conocía bien porque íbamos ahí cada vez que Alejandro se portaba bien en la escuela, que era casi siempre porque era un niño muy obediente.
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