Mi hijo me llevó a la boda en Uber… y llevó a su suegra en mi coche, así que hice algo loco…

En la foto él está muy guapo con su toga y birrete y yo estoy a su lado con un vestido verde que era el único elegante que tenía. Recuerdo que esa noche después de la ceremonia fuimos a cenar a un restaurante que yo consideraba muy elegante, aunque ahora me doy cuenta de que era apenas una fonda mejorada. Él pidió carne asada y yo pedí solo sopa porque no me alcanzaba para dos platillos completos, pero le dije que no tenía hambre.

Durante la cena, me contó sus planes para la universidad. Quería estudiar administración de empresas porque había oído que los administradores ganaban buen dinero. Mamá, cuando termine la carrera te voy a comprar una casa con jardín y ya no vas a tener que trabajar tanto. Te lo prometo. Yo le creí cada palabra porque era mi hijo, porque lo había criado para ser un hombre de palabra, porque pensaba que el amor incondicional siempre es correspondido. Esta noche llegamos a casa y él se durmió abrazándome en el sillón mientras veíamos una película en la televisión.

Fue la última vez que se durmió en mis brazos. La universidad llegó con nuevos gastos y nuevos sacrificios. Yo había conseguido un trabajo de medio tiempo los fines de semana limpiando oficinas para pagar sus libros y sus pasajes. Alejandro estudiaba de lunes a viernes y trabajaba los sábados en una tienda de deportes para ayudarse con los gastos personales. Los domingos eran nuestro día sagrado. Él llegaba temprano a desayunar. me contaba de sus clases, de sus maestros, de los amigos que estaba haciendo.

Yo le preparaba su comida favorita, mole con pollo, y escuchaba cada una de sus historias como si fueran las cosas más importantes del mundo. Fue durante el tercer semestre que empezó a cambiar. Llegaba más tarde los domingos, a veces con prisa, porque había quedado de verse con compañeros de la escuela para hacer tareas. Sus historias ya no eran solo clases, sino sobre fiestas, sobre chicas, sobre lugares donde yo no encajaba. Un domingo me dijo que tal vez no podría venir el siguiente porque tenía que ir a una reunión familiar de un amigo.

Pero mijo, “Los domingos son nuestros”, le dije. Él me miró con una sonrisa condescendiente que no había visto antes y me dijo, “Ay, mamá, ya no soy un niño. Tengo que hacer vida social también.” Esa fue la primera grieta. pequeña, casi imperceptible, pero el principio del fin de nuestros domingos sagrados empezó a faltar uno de cada tres domingos, luego uno de cada dos, hasta que sus visitas se volvieron esporádicas y siempre con prisa. Yo seguía preparando mole los domingos por si acaso llegaba, y cuando no venía, me lo comía sola durante toda la semana.

Era la comida más triste del mundo. Mole para una persona en una mesa donde siempre habían sido dos. Durante su último año de universidad conoció a Esperanza. La primera vez que me habló de ella fue un domingo que sí llegó, pero venía distinto, nervioso, como si tuviera algo importante que decir. Mamá, hay una chica que me gusta mucho. Se llama Esperanza y estudia psicología. Es muy inteligente, muy bonita y creo que creo que es especial. La forma en que me lo dijo, con esa sonrisa tímida que no le había visto desde que era adolescente, me llenó de ternura.

¿Y cuándo la voy a conocer, mijo?, le pregunté. Él se puso nervioso y me dijo, “Pronto, mamá, cuando sea el momento adecuado.” El momento adecuado tardó 6 meses en llegar. Cuando finalmente me la presentó, entendí por qué había esperado tanto. Esperanza venía de una familia de clase media alta con papás profesionistas. casa propia en una colonia bonita y una manera de hablar que dejaba muy claro que no estaba acostumbrada a departamentos pequeños como el mío. Fue educada, pero distante.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.