Nunca me volví a casar porque ningún hombre quería cargar con el hijo de otro. Nunca viajé, nunca conocí el mar, nunca me compré ropa bonita, nunca me di ningún lujo porque todo lo extra siempre era para él. Y ahora, a los 65 años me encontraba sola en mi departamento planchando un vestido para ir a la boda de mi hijo como una invitada más, mientras otra mujer ocupaba mi lugar de honor. No había sido una decisión consciente de mi parte convertirme en invisible.
Había sido un proceso gradual, como cuando el agua se evapora sin que te des cuenta hasta que el recipiente está vacío. Gota a gota, visita a visita, decisión tras decisión. Yo había sido borrada de la vida de Alejandro hasta convertirme en un personaje secundario en mi propia historia de maternidad. Esa noche, acostada en mi cama, me di cuenta de algo que me heló la sangre. No sabía quién era Teresa Hernández sin Alejandro. Durante 40 años había sido la mamá de Alejandro, la señora que trabaja para mantener a su hijo, la mujer que se sacrifica por su familia.
Pero, ¿quién era yo como persona individual? ¿Qué me gustaba hacer cuando nadie me necesitaba? ¿Cuáles eran mis sueños cuando no tenía que usar toda mi energía en hacer realidad los sueños de otro? Me levanté y me paré frente al espejo del baño. Vi a una mujer de 65 años con el cabello canoso que siempre se recogía en chongo porque era más práctico, con manos callosas por 40 años de trabajo, con ojos cansados, pero todavía llenos de vida.
¿Quién eres tú, Teresa? Me pregunté en voz alta. ¿Qué quieres para el resto de tu vida? Por primera vez en décadas no tenía una respuesta inmediata. Había estado tan ocupada siendo la madre perfecta que había olvidado ser una mujer completa. El viernes, dos días antes de la boda, Alejandro vino a dejarme unos papeles que necesitaba firmar para el salón. Estaba nervioso, emocionado, hablando sin parar sobre la luna de miel, sobre los planes que tenían Esperanza y él para el futuro.
Cuando regresemos del viaje, Esperanza quiere empezar a buscar casa, algo más grande, en una colonia mejor. Ya es tiempo de dar el siguiente paso. Le pregunté si iban a seguir viviendo en Guadalajara y me dijo que sí, que habían visto algunas casas en Zapopan, cerca de donde vivían los papás de esperanza. ¿Y yo qué? ¿Cómo te voy a ver si vives tan lejos? Le pregunté con toda la inocencia del mundo. Él se quedó callado un momento, como si no hubiera considerado esa posibilidad.
Ay, mamá, pues nos vamos a seguir viendo igual. Solo que ahora ya no voy a poder venir tan seguido porque voy a tener más responsabilidades, pero siempre vas a ser mi mamá. Esas palabras sonaron a despedida, como cuando le dices a un niño que su mascota se fue a vivir a una granja donde va a ser muy feliz, sabiendo que nunca la va a volver a ver. Esa noche llamé a mi hermana Consuelo, que vive en Tijuana.
Hacía meses que no hablábamos porque las llamadas de larga distancia eran caras y yo siempre tenía gastos más urgentes. Le conté todo lo que había pasado, desde los preparativos de la boda hasta la conversación de esa tarde. Ella me escuchó sin interrumpirme y cuando terminé me dijo algo que me quedó resonando. Teresa, tú te olvidaste de vivir tu propia vida. Te quedaste tan ocupada siendo la mamá perfecta que nunca aprendiste a ser Teresa a secas. Sus palabras me dolieron porque eran verdad.
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