A las 2 en punto llegaron Roberto, Marina y los niños. Sebastián, mi nieto de 12 años, corrió a abrazarme como siempre. Abuela, ¿cómo estás? Mamá dice que tal vez te vas a mudar a un lugar nuevo. Ay, mi cielo. Sí, he estado pensando en algunas cosas, pero primero vamos a almorzar y después hablamos de todo eso con calma. Marina me saludó con su sonrisa de siempre. Esa sonrisa que ahora sabía que era completamente falsa. Elena, qué gusto verte.
Te ves muy bien. Gracias, Marina. Tú también te ves muy bien. Durante el almuerzo, Marina y Roberto fueron muy cuidadosos de no mencionar directamente el tema de la residencia. En lugar de eso, hablaron de lo grande que era mi casa, de lo sola que me veía, de lo preocupados que estaban por mi seguridad. La verdad, mamá”, dijo Roberto mientras comía el zancocho que les había preparado. Marina y yo hemos estado hablando mucho sobre tu situación. Queremos lo mejor para ti.
Lo sé, mi amor, y por eso he estado pensando en todo lo que me han dicho. Marina casi se atraganta con la comida. En serio, Elena, has estado considerando las opciones que te mencionamos. Sí, Marina, tienes razón en muchas cosas. Esta casa sí es grande para una sola persona y desde que Fernando murió, a veces sí me siento muy sola aquí. Que los ojos de Marina se iluminaron como si hubiera ganado la lotería. Elena, me da tanto gusto escucharte decir eso.
Roberto y yo hemos estado investigando algunos lugares muy bonitos donde podrías estar muy cómoda y muy bien cuidada. Ah, sí, cuéntame. Durante la siguiente hora, Marina me describió Villa Esperanza como si fuera el paraíso en la tierra. Las actividades, los jardines, el servicio médico, la compañía de gente de mi edad. Roberto asentía a todo lo que ella decía, agregando comentarios sobre mi seguridad y mi bienestar. Y mamá, dijo Roberto finalmente, la verdad es que el tema económico también es importante.
Mantener esta casa está costando mucho dinero en servicios, impuestos, mantenimiento, dinero que podrías estar usando para tener mejor calidad de vida. Ahí estaba. El tema del dinero finalmente había salido a la luz. Tienes razón, hijo. Por eso justamente quería hablar con ustedes hoy sobre todas estas cosas. De hecho, llamé a un abogado para que me ayude a organizar todos mis asuntos. Roberto y Marina intercambiaron una mirada rápida. Un abogado. Mamá, ¿para qué? Bueno, si voy a tomar decisiones importantes sobre mi futuro, quiero asegurarme de que todo quede bien organizado legalmente.
El doctor Hernández va a venir en un ratito para que podamos hablar de todo tranquilamente. El doctor Hernández, el mismo abogado que trabajaba con papá, el mismo. Él conoce todos nuestros asuntos y me puede ayudar a organizar las cosas de la mejor manera. A las 3 en punto sonó el timbre. Era el Dr. Hernández acompañado del notario, el doctor Mejía, ambos vestidos muy formalmente con sus trajes oscuros y portafolios de cuero. “Buenas tardes, saludó el doctor Hernández.
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