Okay. Te amo, mi amor. Eres el mejor marido del mundo. Tus hijos van a estar tan orgullosos cuando sean mayores y vean todo lo que hiciste por tu familia, todo lo que hizo por su familia. Robándole la casa a su propia madre. Escuché pasos acercándose al teléfono y finalmente el click que indicaba que la llamada había terminado. Me quedé ahí sentada con el auricular todavía en la mano, temblando como una hoja. Había escuchado todo, cada palabra, cada plan, cada justificación.
Mi hijo y mi nuera habían planeado mi futuro sin consultarme. Habían decidido qué era lo mejor para mí sin importarles mi opinión. Habían calculado hasta el último peso de lo que valían mis bienes y cómo se los iban a distribuir. Las lágrimas corrían por mi cara sin control. No eran solo lágrimas de tristeza, sino de una traición tan profunda que me dolía físicamente en el pecho. El hijo que yo había criado con tanto amor, al que le había dado todo, por quien habría dado mi vida sin pensarlo dos veces, estaba conspirando para robarme lo único que me quedaba en el mundo, mi hogar y mi libertad.
Me levanté del sillón donde había estado sentada durante la llamada y caminé hasta la ventana de la sala. Desde ahí podía ver el jardín que Fernando y yo habíamos plantado juntos. El limonero que daba sombra a la terraza, los rosales, que aunque ya no estaban tan cuidados como antes, todavía florecían cada primavera. Todo eso, según Marina, era un desperdicio, porque yo ya no podía mantenerlo como antes. Caminé hasta la cocina y me serví un vaso de agua.
Mis manos temblaban tanto que casi se me cae el vaso. En esa cocina había preparado miles de comidas para mi familia. Había celebrado cumpleaños, Navidades, graduaciones. En esa mesa, Roberto había hecho las tareas del colegio mientras yo cocinaba y le ayudaba con las matemáticas que se le dificultaban tanto. Subí hasta la recámara principal, la que había compartido con Fernando durante 40 años. Su ropa todavía estaba en el closet porque no había tenido el valor de donarla. Su lado de la cama todavía tenía su libro de crucigramas en la mesa de noche.
A veces en las mañanas, cuando despertaba, por un segundo olvidaba que se había ido y extendía la mano para tocarlo. Todo eso, toda mi vida, todos mis recuerdos iban a ser vendidos por 400 millones de pesos para que Marina y Roberto pudieran comprarse una casa más grande e irse de vacaciones a Europa. Me senté en mi cama y lloré como no había llorado desde el funeral de Fernando. Pero a medida que pasaban las horas y las lágrimas se secaban, algo más fuerte empezó a crecer dentro de mí.
No era solo tristeza lo que sentía, era rabia, una rabia profunda, ancestral, de mujer que ha trabajado toda su vida y que no estaba dispuesta a que la trataran como una inválida mental. Roberto había subestimado a su madre. Los dos habían subestimado a Elena García, viuda de Rodríguez. Durante 75 años, yo había enfrentado todo lo que la vida me había puesto enfrente. La muerte de mis padres cuando era joven, la crianza de tres hijos mientras trabajaba medio tiempo para ayudar a la economía familiar, la enfermedad de Fernando y su larga agonía, la soledad después de su muerte.
Todo lo había enfrentado y aquí estaba todavía de pie. No iba a permitir que me trataran como una anciana senil que no podía tomar sus propias decisiones. No iba a permitir que me robaran mi casa y mi libertad con la excusa de que era por mi propio bien. Y definitivamente no iba a permitir que Marina, esa víbora que había estado sonriéndome en la cara durante 15 años mientras planeaba despojarme de todo, se saliera con la suya. Me levanté de la cama y caminé hasta el estudio de Fernando.
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