Lo teníamos en alquiler, pero no hemos encontrado al inquilino adecuado.
Cuando entramos al apartamento, me quedé sin aliento. Era espectacular. Suelos de mármol, enormes ventanales, una cocina moderna que parecía sacada de una revista.
“Señor Evans”, dije, “cancele el anuncio de alquiler. Me mudo”.
El hombre me miró confundido.
“¿Está segura, señora Herrera? Este apartamento se alquila por 3.000 dólares al mes. Su apartamento actual debe costar una fracción de eso”.
Sonreí.
“Estoy completamente seguro. Prepare el contrato de arrendamiento”.
Esa noche, llamé a una empresa de mudanzas de lujo.
“Quiero que mañana trasladen todas mis pertenencias de mi apartamento actual al ático del edificio Salarium”, les dije. “Y quiero que contraten decoradores para que el lugar quede impecable”.
El costo del servicio era más de lo que solía gastar en tres meses, pero ya no me importaba.
Al día siguiente, mientras los de la mudanza empacaban mis cosas, recibí una llamada de Ethan. Acababa de regresar de su luna de miel.
“Mamá, ¿dónde estás? Fui a tu apartamento y hay camiones de mudanza afuera”.
Su voz sonaba preocupada, pero no por mí, sino por sus planes de pedirme más dinero.
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