Tragó saliva con dificultad antes de volver a hablar.
“Construí una vida que no podrías cuestionar, Jonathan. Pensé que si todo era perfecto, nadie se iría. No como él. Pensé que el control significaba seguridad”. “Nos perdiste de todas formas”, dije, sin apartar la mirada de ella. “Y eso fue porque no nos diste otra opción”.
Se estremeció, apenas. Pero no lo negó. Por primera vez en mi vida, mi madre me miró sin intentar arreglar nada. Anna, que casi no había dicho nada durante la visita, finalmente miró al otro lado de la mesa.
“Jonathan nos eligió. Pero no somos un castigo. Y no tienes que ser la mala, Margot. A menos que sigas comportándote como tal”.
Mi madre no respondió. Se fue media hora después. No hubo abrazo.
Sin disculpas.
Solo fue una despedida silenciosa y una larga mirada a Aaron mientras él vertía jugo de naranja en un vaso ya lleno. Derramó un poco, y ella abrió la boca como si fuera a decir algo, pero no lo hizo.
Esa noche, encontré un sobre debajo del felpudo. Dentro había una tarjeta de regalo de una tienda de música, y escondida detrás, una pequeña nota doblada con la letra precisa y sesgada de mi madre.
"Para Aaron. Que toque porque quiere".
Me quedé un buen rato en la puerta, con la nota en la palma de la mano. Por primera vez en años, no sentía que algo estuviera roto. No era el cierre, todavía no.
Pero tal vez era algo mejor. Tal vez era el comienzo de algo nuevo.
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