Etapa 1: "Espera una hora", y me di cuenta de que había tenido paciencia durante tres años.
Miré el teléfono como si fuera de otra persona. "Espera una hora". Palabras que solo suenan solícitas en las películas. En la vida real, significan: "Arregla tú mismo. Vendré cuando el fuego ya lo haya quemado todo".
Tras la puerta del dormitorio, Tamara Petrovna hacía sonar los cajones y le decía a gritos a alguien por teléfono:
"¡Lo tiro ahora, no te preocupes! ¡Es el apartamento de Andryusha! ¡Él manda aquí! ¡Y ella... simplemente se aferró!".
Cada palabra era como una bofetada. No porque mi suegra fuera mala —hay mucha gente así—, sino porque Andrey la dejaba ser mala en mi casa.
Respiré hondo, abrí el armario y saqué una carpeta con documentos: la escritura de donación, el extracto del Registro Estatal Unificado de la Propiedad Inmobiliaria, todo lo que mis padres habían registrado a mi nombre antes de la boda. Papeles secos, pero parecía que eran los únicos adultos en el apartamento en ese momento.
Saqué otra cosa: una llavecita del cajón superior de la cómoda. Contenía copias impresas: correspondencia entre Andrey y su madre, que había aparecido accidentalmente en la tableta familiar. En aquel entonces había decidido no curiosear. Qué curioso.
Una de las copias impresas decía:
"Mamá, no te preocupes, es todo mío. Yo llevo todo. Masha entiende que sin mí, nada importa".
Cerré los ojos.
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