"¡Mamá, no empieces! ¡Yo... tenía buenas intenciones!"
Y ese "para bien" ya no sonaba a excusa, sino a diagnóstico.
Etapa 4: Mi primer paso como adulta: "Un invitado se va cuando se le pide."
Recogí del suelo un trozo de jarrón: pequeño, afilado, brillante. No era un jarrón cualquiera. Era el regalo de inauguración de mi madre. Entonces mi madre dijo: "Que esta casa sea hermosa y tranquila."
Era hermosa. Tranquila, no.
Dejé el trozo de cristal sobre la mesa y miré a Tamara Petrovna.
"Vas a empacar tus cosas y marcharte ya."
"¿Yo?!", exclamó. "¡¿De la casa de mi hijo?!"
"De mi apartamento", la corregí con calma. "Y sí: te vas a ir." Porque estás destruyendo todo aquí, tanto cosas como personas.
Tamara Petrovna miró a Andrey, esperando que se levantara.
Andrey guardó silencio.
Estaba avergonzado, no porque mi madre me hubiera humillado. Le avergonzaba que su imagen de "jefe" se desmoronara ante él.
"Andrey", dije en voz baja, "es tu decisión. O le explicas a tu madre ahora mismo que es una invitada, o llamo a la policía local y pongo una denuncia por daños materiales. Un jarrón no vale un millón, pero el principio sí."
Andrey hizo una mueca.
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